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Soria dura,Soria pura, Soria mía

Siguiendo la ruta de nuestros ancestros, a la vuelta pasamos por Arnedo –ciudad natal de mi abuelo materno- y paramos a comer en Logroño, donde vivieran mis abuelos hace la intemerata, Eduardo se mueve por las ciudades como si las conociera y pronto llegamos al centro, preguntamos por la “senda de los elefantes” a un señor que además de tener una planta fenomenal era muy amable y nos acompañó hasta el principio de la calle y nos hizo alguna recomendación de otra zona cercana donde tapear o comer. Nos habló de Logroño como una ciudad muy agradable para vivir y aunque estuvimos poco más de un par de horas desde luego lo que vi me lo pareció.

Regreso a Zaragoza.
Volver a casa de nuestra amiga Elena es un poco como volver a casa, tan a gusto y bienvenidos nos hace siempre sentir, nos reencontramos con Elena a la hora de la cena, que andaba esos días loca con el trabajo, en los días que estuvimos allí, apenas hemos coincidido salvo de noche, si descontamos una tarde que nos hizo un huequito en su agenda para que los niños visitaran la radio donde trabaja, les hizo una visita turística y les presentó a muchos de sus compañeros y hasta les dejó grabar una maqueta, los dos encantados con los cascos y el micrófono.
A parte de esto sólo nos reuníamos a la hora de la cena, y aprovechábamos  la cena para hablar de nuestras cosas, siempre hicimos sobremesa y alguna noche también se han acercado a vernos sus hermanas Carmina y Pol, dos mujeres cariñosas y generosas de sus personas como pocas. En seguida mis hijos las recordaron, en seguida Diana las abrazó y al notar su receptividad se notaba entre ellas fluir el cariño, la ternura.
No todo el mundo acepta la manera de acercarse que tiene Diana,con abrazos y caricias de las que no estamos acostumbrados ya que nos den los niños que no son pequeñitos. Nacho es besucón pero breve, a Diana le es más fácil comunicarse por la piel, y hay gente que esto les incomoda. No es este el caso, a las hermanas de Elena se las notaba encantadas y Elena -como es igual que Diana- pues el tiempo que estaban juntas estaban abrazadicas o en contacto. 
A mí me pasa que cuando siento a alguien cercano, también necesito el contacto, soy sabedora de que me comunico también con la piel y pienso que es una pena que estos códigos de conducta se van perdiendo o envileciendo: nos presentan a alguien y nos ponemos a besarnos nos apetezca o no, nuestro espacio vital se achica hasta desaparecer en el transporte público o por la calle, pero nos parece raro que los niños no tan bebés se nos abracen y lo peor es que todo esto sucede sin siquiera ser conscientes de ello.

Al día siguiente de llegar a Zaragoza, Eduardo propuso visitar el monasterio de Veruela, en el que estuvimos juntos en un precioso concierto de música africana ahora parece que hace muchísimos años y luego subimos al Moncayo a ver la lluvia de estrellas que esa noche prometía.

Llegamos y estaba cerrado y como quiera que estábamos a medio camino entre regresar a Zaragoza y acercarnos a Soria nos decidimos por esto último…


Soria.

"Algunos lienzos del recuerdo tienen
luz de jardín y soledad de campo;
la placidez del sueño
en el paisaje familiar soñado."
A. Machado

Es curioso que hoy precisamente 23 de septiembre me “toque” recordar este tramo del camino, tal vez sea esta una de esas casualidades en espiral que la vida me dedica de vez en cuando. Tal día como hoy 23 hace 23 años mi madre -que nació en Soria- moría muy lejos de su ciudad, una ciudad que no dejó de amar y recordar nunca.
A Soria la aprendí a amar yo através de los ojos y del corazón de mi madre, claro que tengo mis propios –aunque escasos- recuerdos infantiles, pero su conocimiento y mi relación con Soria ( a la que vuelvo cada cierto tiempo) es absolutamente maternal, mi madre me la enseño no solo físicamente, me la hizo aprender y comprender en los versos de Machado en las leyendas de Becquer, en sus edificios románicos, en su pasado histórico, en sus canciones populares ( las sanjuaneras).

Pocas ciudades conozco mejor que esta y cuando vuelvo no pretendo encontrarme a mi misma sino encontrarla a ella, oír su voz explicándome, con palabras de Bécquer los arcos de San Juan de Duero, tan cerca del monte de las ánimas…

[…] "Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche." (De la leyenda "El Monte de las Animas" de Gustavo Adolfo Becquer)

Valonsadero también guarda de mi muchos momentos infantiles, los más entrañables los que compartí con mi abuelo, que nos llevaba para que jugáramos a todos los nietos apiñados en su pequeño Austin Morris a jugar en sus praderas, a ver los toros sueltos, a pescar ranitas y a bañarnos –sin su permiso- en los charcos que en la roca dejara la lluvia y a veces –una vez cada verano-preparábamos trampas y nos mandaba a jugar lejos, luego él las ocupaba -con cuidado de no dañar a los animales- de conejos o palomas para que cada familia tuviera una mascota. Recuerdo un verano que se me antojara una paloma blanca y marrón que por prodigio de la naturaleza fue a caer en la trampa que a mí me correspondía (¿cómo no voy a creer en los milagros?)
La visita con los niños terminó entre San Polo y San Saturio, bordeando el Duero, recordando historias infantiles y frases de poemas ¿Cómo no recordar a mi madre recitando "el olmo seco hendido por el rayo y en su mitad podrido..." o aquella que hablaba de "tan sólo palabras" de Gerardo Diego?


"Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.
Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.
Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada,
Sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras".



Y Cómo no canturrear bajito “…a San Polo, bajan bajan a bailar y un descanso corto para merendar…” las sanjuaneras que tantas veces nos acompañaron en los viajes y las excursiones familiares, al pasar debajo del puente de San Polo. 

A la orilla del río hablamos con un matrimonio que estaban pescando cangrejos y tanto Diana como Nacho quedaron muy impresionados por los cangrejos que atenazaban desde el fondo de los cubos con sus pinzas el palito que les acercaba el hombre para que los niños vieran lo fieros que podían ser, incluso les mostró unas “heridas” de campaña que un malvado cangrejo - más rápido que su captor-, le dejara en sus dedos índice y pulgar.
Como quiera que en la comida habíamos pedido cangrejos y que estos eran rojos en el plato, les llamó la atención que vivos fueran de color “negro oscuro”.
Antes de esto habíamos visitado la Concatedral de san Pedro y también aunque la encontramos cerrada, la Iglesia de Santo Domingo y Santo Tomé  que era una de las favoritas de mi madre junto con la Ermita de la Soledad en la Dehesa, donde tantos domingos fuéramos a misa ya que mis abuelos vivían muy cerca, pudimos entrar y estar unos minutos apreciando el recogimiento que este lugar ofrece.
La Dehesa guarda mis momentos de infancia jugando con mis primos en el césped,  clavando navajitas de colores que no sé cómo llegaron a nuestras manos.
Yo conocí y lloré el imponente olmo centenario cuando me enteré de que tuvieron que talarlo al haber enfermado y muerto por culpa de un hongo homicida.

Pasear con mis hijos en la actualidad por la Dehesa se me antojó como el cierre del círculo, buscaba yo en ese paseo solitario, esa sensación tan íntima como que alguien te acaricia el alma (que se parece mucho a ese rayito de sol que acaricia y calienta a la mañana muy temprano en otoño), entender lo incomprensible, obtener algún dato más de mi memoria y mi autobiografía, pero no había fresquito mañanero sino una tórrida tarde de calor seco castellano y de mi biografía no queda más que unas persianas de madera rotas tras las que viviera mi familia y mis veranos infantiles y una arqueta en el suelo con el nombre de mi padre y la fecha 1968, yo tenía entonces 5 años.

"He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria —barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra—.
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!


Antonio Machado.

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