Viaje a nuestros orígenes (1ª parte)


Tanto leer, estudiar y oír hablar de “los orígenes” y curiosamente estas han sido unas vacaciones de encuentros y reencuentros con personas, lugares y cosas de nuestros orígenes, los de Eduardo y míos.
En mi caso particular, ya no queda nadie  que pueda hablarme de mi infancia de la que ya se tan poco,cuando vuelvo a mis sitios de infancia, tengo escasos recuerdos confusos y borrosos y cuando los he contrastado  con mis hermanos he acabado con la sensación de que cada uno había vivido una historia diferente simultáneamente, como si en una misma sala y a la vez, los tres y cada uno hubieramos visto una película diferente. No es extraño,  me he dado cuenta que la realidad absoluta como tal no existe, sino que cada uno vemos y vivimos una realidad diferente según nuestro patrón de realidades y hasta nos inventamos recuerdos o los modificamos de manera inconsciente.

El caso es que en compañía de nuestros hijos y sin premeditación hemos pasado las vacaciones –o parte de ellas- visitando los lugares de origen de la familia de cada uno. Una curiosa experiencia y aunque han sido cortas en extensión han sido muy intensas en emociones.
Estas han sido unas vacaciones de las que te cargan las pilas…




A parte de playa y piscina, de tardes con amigos,de reuniones familiares con tintes artísticos (asistimos en San José a la inaguración de la exposición de mi hermano mayor, que resultó además de preciosa super divertida) Cuando al fin pude cerrar unos días mi negocio al empezar aquí las fiestas, decidimos poner rumbo al norte...


(Qué mayor me hace esta foto)

El primer día de viaje mientras nos dirigíamos a Zaragoza decidimos parar en Teruel, una pequeña ciudad que siempre existió en mi corazón y de la que guardo mis más tiernos recuerdos de infancia. Recorrimos la calle donde viví con mis padres y mis hermanos durante gran parte de mis primeros 7 años de vida, curiosamente tengo la foto de una postal donde se ve mi calle y nuestra casa por las mismas fechas en que vivíamos allí, una estampa perfecta de lo que veían mis ojos por aquel entonces, mitad y finales de los años 60.

La paseamos, recorrimos el centro histórico y mi historia y reviví momentos que tengo recogidos en alguna fotografía y escasos recuerdos de cuando fui niña, de cuando fui hija con la edad de mis hijos.
Luego continuamos hasta Zaragoza para pasar unos días con nuestra amiga Elena, amiga primero de mi madre y vinculada a nuestra familia desde entonces pasó a ser mi hermana escogida. Durante los más de treinta años que dura ya nuestra amistad pese a nuestros rumbos distintos y distantes, ha sido mi confidente, mi apoyo moral y mi cajita de resonancia siempre dispuesta a escucharme, a auparme, desde su sabiduría ha sido capaz de hablarme siempre con sinceridad y con respeto sin juzgar ni mis actos ni mis pensamientos, y aunque he querido corresponderla en idéntica medida mi preparación y conocimientos distan mucho de los suyos por lo que tengo la sensación de falta de correspondencia.

Por eso visitarla siempre es el mejor destino posible, porque nuestras conversaciones sobre lo tangible e intangible “de cuerpo presente” -y no por teléfono o email- resultan inagotables y enriquecedoras, aunque también siempre resultan inconclusas.
Mis hijos la adoran y ella adora a mis hijos desde antes de conocerlos, vivió y tomó parte en el proceso –su carta de recomendación , requisito para el expediente de adopción, es un tesoro-, estuvo pendiente en cada momento y lo vivió como propio. Pocas veces me he sentido tan bienvenida como me siento en su casa y la ilusión con que nos espera es auténtica, e impagable lo a gusto que nos hace sentir a todos en su hogar que sabe hacerlo sentir nuestro desde el primer minuto.


Pasamos unos días –pocos- en Zaragoza, a la ida y a la vuelta, paseamos la ciudad que para mis hijos es como un inmenso parque temático, sin ir más lejos Elena vive a pocos metros del parque de bomberos y cada vez que pasamos por delante inevitablemente, Nacho  se para en el portalón, se asoma por las rendijas y grita
-“Mira mamá un camión de bomberos!”
Luego contaba con numeración imposible los que había en los garajes que se pueden ver desde la calle y exalta sus maravillas a voz en grito con su media lengua:
-Mira papá qué grande es! (señalando al camión más imponente) es como el mío…!
Una mañana al pasar por la cancela la encontramos abierta y Nacho estaba todo revolucionado repitiendo lo grandes que eran y lo “Chulisimos”... de los garajes salió un hombre que se acercó a nosotros sonriendo y nos invitó a pasar, le dejó subirse en el camión más grande e incluso tocar la bocina y la sirena.

Nacho estaba feliz, no se cortó un pelo, se sentó en el asiento del conductor y agarró el volante como si estuviera en marcha, tocó donde le indicaron para que sonaran las sirenas y cuando se bajó del camión y durante muchísimo rato, no paraba de decir -¡Ha sido "fántico", ha sido "fántico"! Tanto lo repetía y con tanta gracia que lo tengo grabado en el móvil.
Gracias de corazón a ese bombero de Zaragoza que hizo de Nacho el más feliz de los mortales con aquel amable gesto.

A partir de entonces cada sirena o alarma era la de un bombero -en una ocasión si que era de verdad y al verlos pasar se puso a saludarlos como loco y cuando le correspondieron el saludo al pasar cerquita, Nacho decía “¡mamá es mi amigo!, ¡es mi amigo…!”.Después de esto, cada vez que hemos visto un tiovivo (España entera está en fiestas) no ha parado hasta subirse en el coche de bomberos.




También hicimos excursiones medievales e inolvidables a los Pirineos aragoneses. En Jaca supimos de seres mitológicos como faunos y ciclopes, acariciamos camellos de verdad como los de los reyes magos, vimos los ciervos del foso de la Ciudadela y en la hora de la siesta hicimos un poco el bestia tirados en la hierba que la rodea.



Una de las anécdotas más divertidas la protagonizó Diana con su genuina ingenuidad y su justificada falta de vocabulario.
Fue acercándonos a los Pirineos, cuando su agreste naturaleza y sus policromados verdes, resultan un contraste brutal con los monótonos marrones de donde vivimos, y aunque debo decir que El Cabo de Gata es una maravilla y el mar Mediterráneo un privilegio, yo por nacimiento y raíces tengo querencia a esos campos tan verdes, con sus fardos de paja diseminados y a la montaña, a las encinas, robles y hayas, a los abetos, las tuyas, los pinos y coníferas en general y mi reencuentro con esta naturaleza lo suelo hacer en voz alta:
-Ay… que campos más limpios!
Eduardo iba al volante:
 -Ya echaba de menos el comentario…
-… ¡Y todo tan verde!
-¡Mira Diana cuantos pinos y abetos y…!
-¡Sí, mamá y además cuántos árboles!
Lo estoy escribiendo y sigue haciéndome reír.
Los árboles y las montañas que tanto añoro me hacen soñar con un futuro rodeada de todo ello, nunca dejé de soñarlo, pero cada viaje al reencontrarme con  estos paisajes, al roderame de  naturaleza me revalida las ganas de una nueva vida en un entrono semejante… ¿fantasía?

Mi más intimo anhelo es poder encontrar “mi lugar”,  ya bien sea por adopción, hallar un entorno donde sentir que pertenezco a ese sitio, mi sueño más ambicioso es encontrar ese lugar y poder emprender una vida en él, junto a los míos...

1 comentario:

  1. Te deseo de todo corazón que tu anhelo se haga realidad. Encontrar tu sitio, encontrarse a uno mismo haciendo pie, hundiéndose en él.

    un abrazo y como siempre un placer leerte

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