Viaje a nuestros orígenes 3ª parte.

Al día siguiente pusimos rumbo a San Sebastian con parada en Guernica, donde visitamos entre otras cosas su célebre árbol y su casa de juntas, “sitio de paz y de conciliación…” con su preciosa vidriera, Diana tras preguntar qué sitio era aquel y oír las explicaciones dijo:

-“A mí me gusta mucho la paz…”

En su colegio andan siempre a vueltas con la paz- pienso que sería mejor que más que ejercitarles con palomas blancas y recuerdos de tiempos lejanos de ausencia de paz, les instruyeran en la armonía, la reciprocidad y el compañerismo…


Hicimos paradas también en Lekeitio, Ondarroa y pasamos por pueblos y paisajes de postal hasta llegar por la tarde a la extraordinaria San Sebastian.
Lo más increíble de viajar por estas tierras ha sido …¿cómo explicarlo? en cualquier viaje los trayectos, cortos o largos pueden ser agradables de mirar el paisaje y espectaculares a la llegada de puntos concretos. El País vasco es espectacular desde el minuto cero, desde el primer hasta el último kilómetro, es todo él bonito, cuidado, limpio, me dio la impresión de que hasta los cobertizos del campo están cuidados, sin esa sensación de abandono o dejadez que te habla de dejar morir las cosas, tal vez la propia naturaleza se encarga de embellecer las tapias y los tejados en complicidad con la belleza de unos campos pulcramente cuidados, de unas parcelas trabajadas exentas de escombros o rastrojos.

Me maravillaron las casonas caprichosas orgullo de sus dueños, diseminadas por todas partes y en más de una me colé con la imaginación. Teorizaba con lo que sería amanecer cada día con semejante “poster” tras tu ventana…
Lo reconozco, me he enamorado de esas tierras, y si bien su mar y sus costas son impresionantes, mi corazón se ha quedado hechizado con su paisaje interior.
La visita a San Sebastián -preciosa también, soberbia-, fue muy corta casi fugaz, me dio la impresión de conocerla, no me sorprendió como lo hiciera Bilbao. Hacía viento y recorrimos su paseo suspendidos en gotitas de mar, pasamos la tarde paseándola, saboreándola con los cinco sentidos. El tema de la gastronomía merecería un capítulo aparte y extensísimo,  sobre todo creo que haría toda una oda al txangurro, del que Nacho hizo volar un cuenquito lleno, en un bar del casco antiguo, un sitio de los de estar de pie y beber un txacolí o un vino y tomar unos pinchos -a cual más exquisito-.
Pero aunque sé que es la del comer una cuestión relevante, mi intención al escribir este personal cuaderno de viaje es tratar de que no se nos olviden unas vacaciones llenas de sensaciones y como las del paladar han sido tantas -por no decir todas- sensaciones nuevas y formidables es este un aspecto del viaje que simplemente voy a referenciar porque lo que quiero describir ahora que aún las recuerdo y para memorizarlas para siempre,son las sensaciones más de adentro o al menos darle una mayor relevancia a lo que percibí en este viaje inolvidable a través de la piel.



Al día siguiente habíamos quedado en Bilbao con Montse y su familia –Iosu ya se había incorporado a las vacaciones familiares- y además íbamos a reunirnos con otra amiga de ambas que aunque viviendo en Andalucía estaba pasando unos días con su familia en Palencia y se había acercado también a Euskadi para poder vernos las tres, un proyecto que se nos truncó el año pasado y este casi sin planearlo se iba a hacer realidad, las tres que pasamos por idénticas situaciones para poder adoptar en fechas coincidentes, íbamos por fin a reunirnos con nuestras familias. Yo casi me enteré en vísperas de que nos veríamos porque andaba sin batería en el teléfono y sin cargador y nuestro enlace era Montse aún así conseguimos reunirnos todos en Bilbao la mañana del sábado, día en que la fiesta estaba presente en cada rincón de la ciudad.

Nos encontramos entre gigantes y cabezudos. A Pilar y su familia viajamos a conocerles a Marbella el verano pasado, en otro encuentro muy especial,

(http://alotroladodelhilorojo.blogspot.com/2010/06/fin-de-semana-en-compania.html)
También nosotras hemos mantenido el contacto a través del correo electrónico y el teléfono. Pero internet y su magia hace posible que aunque no nos hayamos visto en un año, igual que con Montse parecía como si no hubiera hecho sino horas desde que nos despedimos físicamente.
 Fue una alegría el volver a vernos, Gerry y Ella igual de majos y sus hijos más crecidos y guapísimos a Lucas por su corta edad, se le notaba mucho más el cambio: había hecho, como Nacho, la transformación de bebé a niño y tanto a Pilar como a mí nos duele que todo haya sido tan rápido y fugaz.


Disfrutamos un montón con los gigantes y cabezudos que al principio a Diana y a Nacho les daban miedo, hasta que les explicamos cómo dentro iban personas y todo era un juego.

Después fuimos todos en tranvía al encuentro de Montse y su familia con los que habíamos quedado en el Guggenheim, impresionante y aunque no era momento de visitarlo por dentro lo rodeamos con promesa de volver antes de marcharnos.


Pasamos el día juntos las tres familias, como en una sola familia, nos reímos y bromeamos sin parar de hablar todos con todos, tenemos tantas cosas de que hablar, tantas vivencias y experiencias parecidas que siempre nos falta tiempo y siempre quedan cosas pendientes.
Nos separamos tras la cena, Montse, Iosu y los niños se quedaron con nosotros para ver los fuegos artificiales que prometían ser aún mejores que la noche que llegamos, aunque a la pobrecita Aigul no le hicieron ninguna gracia y Montse no pudo disfrutarlos al tener que irse con la pobre bajo techo para intentar calmarla un poco. Luego de los fuegos nos despedimos con promesa de vernos a la tarde siguiente en Llodio, para fin de fiestas.


El sábado nosotros desayunamos con Gerry, Pilar y los niños y nos despedimos con un hasta pronto, ya que ellos seguían camino a Santander, nosotros fuimos a ver el puente colgante de Getxo, o Puente Bizkaia que une las dos orillas del Nervión, Portugalete con Getxo.

En una mañana de sol super agradable, mañana de domingo con ambiente de mañana de domingo, campanas que llaman a misa, y que invitan a asomarse a su preciosa basílica, con una pila bautismal de la que Eduardo en broma me comentó que en Bilbao, a los niños más que bautizarles les hacían hacer un par de largos, la verdad es que más que una Pila parecía una piscina olímpica!
Comimos en Santurce… sardinas aparte -que estaban riquísimas-, todo lo que comimos estaba exquisito pero compartimos un txangurro, que lo estoy escribiendo y me arranca suspiros…
A la tarde nos reunimos en Llodio con nuestros amigos y la verdad es que el tiempo se evaporó entre pompas de jabón y conga con los niños en la plaza del pueblo.
Lo pasamos bien, muy bien, pero lo mejor era ser una misma sin poses ni estrategias sociales, y que el tiempo fluía sin apremio, aun mejor la sensación de estar donde querías estar, sin latitudes, ni provincias, sin horarios sin planes, y cuando llegó la hora de despedirnos, todos teníamos la sensación de continuidad y la seguridad de que era un "hasta muy pronto".
Siempre se ha dicho que de mayores es difícil hacer amigos, yo tengo la suerte que en distintos puntos de la geografía española de unos años acá, tengo un puñadito de amistades de “para siempre”, Zaragoza, Barcelona, Marbella, Llodio-Tenerife,Granada...


Como fin de fiesta y despedida de Bilbao, a la mañana siguiente fuimos a visitar el museo Guggenheim con Diana y Nacho tuvimos la suerte de que aun siendo lunes estuviera abierto, nunca entendí la manía de cerrar los museos los lunes, cuando he viajado a las distintas ferias por trabajo que suelen coincidir con el fin de semana y he podido alargar la estancia, me ha fastidiado mucho no poder dedicar la mañana del lunes a visitas culturales por este motivo.
Hicimos un desayuno de diseño en la cafetería del museo y entramos a visitarlo.

Me parece un centro de sensaciones, -no siempre agradables-. Hay obras que entiendo y me gustan o no, otras que sin entenderlas me gustan, otras que admiro aunque no las entienda y otras que me parecen una tomadura de pelo, no es que me enfaden o me incomoden, sencillamente me parece poco acertado darles la calificación de arte, por modernos que queramos ponernos, digan lo que digan quienes sobre esto tienen autoridad para decir.
A mí lo que más me gustó fue desde luego el edificio y las obras que lo rodean en el exterior incluyendo el Puppy y las “bolas” de Kapoor seguidos por “la materia del tiempo” de Richard Serra, pasear por dentro de ese inmenso espacio escultórico, abandonarte a la sensación a veces de vértigo, dejar que la perspectiva engañe a tus ojos es un juego que siempre me ha fascinado y al que me presté gustosa. Los niños cada cual de la mano de uno de nosotros hicieron el recorrido de la obra como un poco abrumados, aunque enseguida parecieron comprender que estábamos como en una suerte de espacio mágico donde habitación o habitáculo tras habitáculo nos aguardaban sorpresas.

Creo que lo mejor de la visita a parte de la obra inmensa de Serra fueron los comentarios de Nacho, algunas exclamaciones de sorpresa o impresión como eran sus ”ahí vaaaaa…!” con una “a” final que alargaba de forma directamente proporcional a la sorpresa o admiración que le causara lo que estaba viendo, o un expontáneo y no siempre susurrante “-mira papá está roto!”, o “se ha roto!”o un “qué desastre” al entrar en un recinto donde se “exponían” una suerte de vulgares cubos de pintura rotos y algunos trastos dispersos.
Las peores las que no produjeron ningún efecto en él, desde luego como crítico de arte es un crack. 
A Diana la iba observando y preguntando y ella a su vez me preguntaba desconcertada, de muchas de las cosas que veía me decía “¿qué feo no?” o “no entiendo nada…” arrugaba su naricilla y negaba mucho con la cabeza luego quedó abducida por una sala llena de televisores (Küba) Diana no entendía de qué iba todo aquello y le expliqué que de lo que se trataba era de observar y considerar si le gustaba o no, si le parecía simpático o desagradable lo que veía.

De todos modos una mañana no es suficiente, espero algún día volver con más calma, porque me quedó la sensación de que tengo mucho que aprender y que es un museo que merece una visita más detenida y con la mente más abierta. También me quedé con ganas de visitar el museo de Bellas Artes –que sí cerraba el lunes-.

Me han gustado tanto Bilbao, y Euskadi en general que daban ganas de quedarse para siempre y nos fuimos con promesa de volver el año que viene, porque nos ha parecido un lugar inagotable.

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