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Día de la madre:¡ Normalidad en el frente, señor!


El día de la madre me ha resultado raro dejarlo pasar sin escribir  y describir algunas emociones. Tantos años no teniendo a quien regalar, no teniendo quien me regalara, en la sala de espera de ese día. 
Tanto tiempo imaginándolo, idealizandolo, que este decidí vivirlo. Un día de pausa también para el ordenador, para el teléfono…24 horas desconectada del resto del mundo.
 El dejarme dormir un poquito más. Los regalitos hechos con las manitas, mucho primor y papel charol. Una comida especial -tarta incluida-  una salida al campo con final de despedida al sol que anochecía en la playa y un tiempo fantástico que nos acompañó en todo momento.
Pero también hubo enfados y enfuruños y disgustos cotidianos que desbordan vasos de rasa paciencia que acabaron por desbaratar el día, -MI DIA, ese que esperaba perfecto-, y rematarlo luego en casa, acabando por tener que restaurar el régimen dictatorial.

Tengo que admitirlo: en esos momentos soy una drama mamá que parece hubiera cumplido el servicio militar. Un sargento de paisano.
Mi arma ,una paciencia que a veces –las menos- parece no tener límites y no hay cuba o cisterna en la que quepa, ni peligro de que se pueda desbordar y otras en cambio, apenas cabe en un dedal.
¿Bien está lo que bien acaba? Pues no. Sobre todo si lo que se acaba es la paciencia, la mía. El día estuvo bien, tuvo momentos de sensible melancolía, de recordatorio de madres ausentes, de mujeres importantes que han dado vida, la mía, la de Eduardo, la de nuestros hijos. Tuvo ratos memorables con sabor a besos de tarta de queso y otros que mejor ni mentarlos.

Un día de fiesta en el que hubo tiempo sin 
horarios y aire libre y raticos intensos del signo que fuera, pero fuera de la rutina.

Como le está pasando a tanta gente, esta crisis me está haciendo olvidar muchas de mis metas en la vida, borrando los porqués y los hacía dondes a fuerza de luchar por el día a día, de seguir los consejos que nos animan a vivir ese diario, al haberse  borrado del horizonte una ingenua pero necesaria certeza de futuro, que ya no lo es para nadie.

A fuerza de obligaciones y responsabilidades,  mi presente se ha convertido en un pasillo donde voy y vengo de casa al trabajo del trabajo a casa y poco más.
En ningún sitio me hallo, en el trabajo  permanente sonrisa profident  para no lograr muchas veces sino desaires e incomposturas. En casa aún me espera más trabajo y si acaso le doy de lado para hacerme ilusiones de tiempo libre o de descanso, veo como se acumulan los antipáticos quehaceres domésticos que en días de diario apenas puedo atender.
Mi hijo pequeño-Nacho- al salir de casa me pregunta “¿mamá vuelves de día o de noche?”
Y trata por todos los medios de retrasar mi marcha, con besos, chupendos, abrazos y preguntas o cuestiones que se va inventando sobre la marcha. Tanto luchar por tenerlos  y  se me va a hacer mayor y casi me lo estoy perdiendo.
A mi hija la veo más pero no la disfruto, viene conmigo a la tienda por las tardes laborables para poder sacar adelante un curso que a veces se nos pone muy cuesta arriba. Por esa lógica dificultad del curso y por el peso añadido de nuestra particular mochila, Diana intenta tomar atajos furtivos para evitar tanto rato entre libros y libretas.
Atajos que cuando son detectados en casa o en el colegio le originan más trabajo y menos tiempo libre.
Actos y consecuencias.
Lo entiende y le fastidia, pero no aprende, y nos instala en una constante vigilia para que se dé cuenta de que hacer trampas no le sale rentable. Para que no le salga bien. Pero  -mira tú por dónde-en eso es constante.
No sé si servirá para algo pero al menos espero que este desgaste emocional de mantenerse alerta (un poquito más de lo habitual) sirva para que adquiera una pizca de valores  (sinceridad, obligación, responsabilidad, constancia) y en el colegio el trabajo se lleve al día.
Y para constancia la de Nacho con sus pulsos, tratando de estirar los limites con su particular y empecinada manera de querer salirse con la suya, de hacerse el sordo, de desobedecer por que sí. De no hacer caso porque no.
Que sí, que son cosas normales. Y a dar gracias por esa normalidad que nos consolida.
Son… “esas cosas” que agotan a cualquiera. Como me agota esta indecisa primavera o tal vez el cúmulo de intensa vida que empieza a pasar factura…Pero es curioso: las mismas energías que a mí me resta el incipiente calor parece ponerle pilas a mis hijos.

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