Montse: "Odio la escuela"

Otra vez. Cuando ya parecía que íbamos superando ese mal momento de incorporación al colegio volvemos a estar como al principio.

Mi hija no quiere ir al cole. No quiere por nada del mundo. Lo detesta, lo aborrece...o como ella misma se ha encargado de hacernos saber a todos a pleno pulmón, lo odia.
¿Y cómo no va a odiarlo? si hasta yo empiezo a desarrollar hacia él sentimientos de aborrecimiento. Sentimientos por otra parte, que me guardo con mucho cuidado para no añadir más angustias e inseguridades a los que ella ya tiene.

Lo odia porque no se siente integrada. Porque su diferencia la aísla de los otros niños que se van alejando cada vez más de ella a nivel de desarrollo. Porque su carácter, sometido a tantas maletitas como lleva cargando, se lo pone difícil a todo su entorno escolar. Porque las metas académicas son para ella como escalar el Everest en cholas y con un bocadillo de panceta como todo soporte.

¿Cómo no va a odiarlo?

La profesora se esfuerza, pero la veo cansada. A estas alturas del curso la noto ya harta de la batalla diaria con la niña. Y lo entiendo porque puede ser tremendamente disruptiva para el curso de la clase. Pero no me consuela porque no puedo hacer como las otras madres, chasquear la lengua en señal de lástima y marcharme a tomar un cortadito mientras hablo del precio del pan sin volver a pensar en ella.

Y mientras tanto mi hija, apoyada en la pared del cole grita para todo el que quiera oirlo que odia el cole, que los odia a todos...y que me odia a mi. Claro. La que la lleva y la entrega cada día a esa rutina que no soporta. La que busca mil maneras para motivarla, que no funcionan. La que incita a conseguir premios si no llora, o se enfada cuando por enésima vez somos el circo que llega a la plaza del pueblo.

Si, lo reconozco. Me aplasta la mirada de todas esas madres de niños perfectos. Las que nos contemplan murmurando "la pobre", orgullosas de sus niños felices, sintiéndose mejores porque a ella eso no les pasa. Como si tuviesen algún mérito especial que las hace inmunes a la desgracia. Qué ingenuas. Las que me miran con curiosidad por tantas cosas, que ya me agoto de sentirme mirada. Las que sienten doble compasión porque mi niña es adoptada. Encima. "Con lo que lucharon por esa niña y mira..."

Y es verdad. Con lo que luchamos por ella. Creyendo que buscábamos un poco más de felicidad para una vida que ya lo era. Pensando en que ella sería un rayo más de luz en nuestro paraíso de amor.

Igual que todos los padres que tienen hijos, biológicos o adoptivos. Lo mismo que la vecina de al lado, que también luchó por sus gemelos en un duro proceso de reproducción asistida. Y que también vivió la pérdida de uno de ellos, las secuelas del otro.

Lo mismo que las madres biológicas que se encuentran con que su hijo tiene una enfermedad o discapacidad. Con lo que se lucha por ellos, el sufrimiento es brutal.

Yo luché por llegar a ella. Con uñas y dientes. Quizá me obcequé, como creían algunos. Pero yo no lo creo. A veces me pregunto qué estaría viviendo ahora si finalmente no hubiéramos llegado a ella. Y sé con certeza que viviría siempre sintiendo esa ausencia, igual que la sentía antes de tenerla. Pensaría cada día en que me falta algo. Conviviría con ese hueco en el corazón.

Hubo un momento terrible, cuando nuestros pasos acabaron en un hospital infantil, con la niña ingresada de gravedad y sin saber para dónde caeríamos, en que un pensamiento feroz me consumía: ¿porqué me ha pasado esto a mi?

No podía aceptarlo y se me removían todos los principios. Incluso me preguntaba si estaba asumiendo un trágico destino que no me correspondía.

Un día, apoyada en la pared del pasillo, junto a la puerta de la habitación donde la niña dormía, me sentía  inmensamente desdichada. Desesperada y angustiada. Era la hora de los paseítos, cuando los niños ingresados que pueden hacerlo salían al pasillo un ratito, o bajaban a la sala de juegos. Una planta de neurología infantil no es un patio de colegio. No abundan los niños que corren y saltan. Y vi a las otras madres, a las que después llegaría a conocer y apreciar, cuidando de sus hijos. Con la mirada rota y la sonrisa puesta. Jugando a llevarlos subidos sobre la percha de los sueros, convertida en un patinete para ellos. O contando chistes. O cantando.

Todos ellos eran biológicos.

Y de pronto algo cambió dentro de mi. Fue como si una pieza que no acababa de encajar en mi corazón, lo acabara de hacer de repente.

A mi no me estaba pasando nada. Era a mi hija a la que le estaba sucediendo aquella terrible enfermedad. Era ella la que sufría, la que viviría con esto toda la vida. La que debía pelear y la que más sufría. Mi hija. Y la pregunta que me mortificaba cambió: ¿Porqué le tiene que pasar esto a ella?

Quizá no le esté explicando bien, porque fue algo definitivo e inmenso para mí. Creo que durante un tiempo sentí que el hecho adoptivo era el culpable de toda la infelicidad. Y aunque nunca rechacé a mi hija, porque la amaba profundamente, si sentía alrededor de el tema adoptivo un rencor difícil de explicar. Aquel día de pronto, sentí profundamente, que la injusticia no era que me hubiera tocado una hija enferma. Si no que MI HIJA hubiera enfermado.

Igual que todas aquellas familias biológicas estarían sintiendo en esos momentos.

Ese fue el paso definitivo para anudar los vínculos afectivos que nos unen como madre e hija.
Un momento trascendental que además, creo que ella también sintió, porque después de un periodo de adaptación largo y complicado, la niña comenzó por fin a acercarse de verdad a mi. A reconocerme como madre y a confiar ciegamente.

No es la mejor manera, os lo aseguro, pero al principio de la adopción con la niña ya en casa, un profesional me dijo una vez: "Os vinculareis realmente cuando la niña esté enferma alguna vez".

Quien iba a imaginar que sería de una manera tan intensa.

La autora de este escrito es mi referente como madre luchadora, dulce y firme a la vez es mi guía en muchos momentos y la persona que me nutre de estrategias cuando a mi se me agotan.
Esta  entrada la ha escrito Montse para su magnífico blog enesteprecisoinstante que os animo a que leáis. Me gustó tanto -como todo lo que ella escribe- y trasmite tantas cosas esenciales que enseguida que lo leí le pedí si podía compartirlo en alotroladodelhilorojo a lo que se brindó gustosamente.
Gracias Montse, por estar ahí y de forma tan valiente.

3 comentarios:

  1. Me reconozco y reconozco a mi hija en las palabras de Montse. Mi hija también odia el colegio, mi hija no está enferma (gracias a Dios) pero hemos recorrido todo tipo de consultas médicas, de salas de urgencias ... Y me pregunto si me he reconciliado con el hecho adoptivo... creo que no.
    Itsaso

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  2. Es muy difícil reconciliarse con el hecho adoptivo, en él hay tres partes en conflicto y el dolor es el trasfondo,¿reconciliación es aceptación plena?

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  3. Yo también me sentía aplastada por las miradas de las otras madres en la etapa de Infantil, me daba pánico el momento de atravesar el patio del colegio, casi podía oir sus pensamientos y sus juicios de valor. Mi hijo era el disruptivo, el agresivo, el que no alcanzaba los objetivos.... el diferente.

    Yo también odio el cole, porque apuesta por adiestrar más que por educar, porque discrimina en lugar de integrar, porque pone el acento en las debilidades en lugar de en los talentos.

    A pesar de ellos, mi superviviente ha llegado a cuarto de primaria, eso si pagando un buen peaje. Nos podían haber ahorrado tanto sufrimiento, con un pelín de empatía hubiera bastado. Es cruel revictimizar a un niño que lleva ya su cazo a cuestas.

    A mi hijo obviamente no le gusta el cole, dice que solo el recreo. Vamos por buen camino, si un día me dice lo contrario me voy a preocupar seriamente.

    Un abrazo
    Concha

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