Hijos parentales

Madurar o morir a destiempo

Hoy no es un día más. Hoy es para mí un aniversario de esos que no se olvidan porque todo te hace recordar, desde hace unos días el  cuerpo  lo tengo raro, el humor mohíno, se presenta de golpe el otoño y ayuda que la luz del día es la misma que entonces, que la de aquel día. 
Lo escribo, lo saco de mí como quisiera sacar ese  calendario interno que tiene la réplica: "hoy es el aniversario del peor día de tu vida", y ha habido días malos y muy malos pero aquel fue con diferencia el peor... ¿Por qué? Porque me superaron las circunstancias. Porque no tenía capacidad, porque no tenía ni edad ni madurez para afrontarlo.Ahora lo tengo asumido pero esto tampoco ha sido fácil.Entonces yo me creía muy mayor y muy madura, en realidad me lo llevaba creyendo desde los 12 cuando mis padres se separaron y de alguna forma empecé a asumir responsabilidades: la de mi hermano pequeño y la de mi madre que desde entonces nunca fue la misma. Hace 38 años las separaciones y los divorcios -sobre todo en capitales pequeñas de provincia-,  no estaban a la orden del día, y la situación familiar planeaba sobre los hijos como un estigma.

Hace 30 años tampoco se sabía mucho del cáncer, bueno sí... que te mataba seguro sí o sí antes o después y de eso mi madre era consciente y aún con mayor razón me tocó asumir las riendas no sólo económicas del resto de familia que quedábamos, cualquier decisión  que hubiera que tomar, por importante que fuera, la tomaba yo. De su enfermedad también, a falta de personas de verdad adultas: las entrevistas con los médicos, las malas noticias que se iban sucediendo, ocuparse del tratamiento de incontables medicinas...  hasta delegaron en mí la decisión de cuando empezar a administrarle la morfina para evitar el dolor, y cómo me daba tanto miedo, cuando se ponía mal, muy mal como un par de críos asustados corríamos con ella al hospital a pedir ayuda y nos la devolvían diciendo "está mal, muy mal, no hay nada que hacer, llévensela a casa…"

Es un capítulo más de mi biografía, el más duro sin duda. 
Hoy miro atrás y me parece imposible que yo asumiera todo aquello y tantas otras responsabilidades que no me correspondían, y sé porque lo hacía: por amor, por un inmenso amor a mi madre, que me provocaba una infinita ternura y ganas de protegerla. Me sentía la persona más llena de amor y más importante del mundo haciéndome cargo de ella, y vivía todo aquello con una naturalidad que hoy me asombra.

Pero mi actitud de entonces no es algo extraordinario, está tipificado en psicología, a este tipo de comportamiento se le conoce como carga del hijo parental y se refiere a hijos que hacen la función de padres, con los hermanos pequeños e incluso con sus mismos padres, adoptando un comportamiento que no va acorde a su edad y obligándoles  a convertirse en adultos prematuramente. Pequeños adultos impostores.

Curiosamente  de todo esto me enteré hace relativamente poco tiempo. Fue buscando información, buscando estrategias.... bueno... iba a poner "ahora yo en el papel de madre" pero no, ahora no represento ningún papel, ahora mis responsabilidades están en consonancia con mi rol. En el teatro de la vida soy madre de mis hijos y mis hijos son sólo eso...hijos.

 Cuando leí el libro “Tu hijo tu espejo, libro para padres valientes ” de  Martha Alicia Chávez, (Editorial Grijalbo), libro cuya lectura recomiendo más allá de a lo que me estoy refiriendo porque  el libro abarca muchos aspectos de la parentalidad de forma muy interesante, siendo este tan sólo uno más.

En el libro, llegados a este capítulo, la autora explica que se trata de un acuerdo tácito  que surge a partir de que el hijo/a  percibe a sus progenitores incapaces de hacerse cargo de sus propias vidas, los nota inseguros y temerosos, por lo que paulatinamente empieza a tomar la batuta y los adultos, sin ningún problema, les permiten tomar el control.

Me reveló mi historia y circunstancias de una manera nueva y chocante.
Conozco a otras personas que como yo y con circunstancias de enfermedad parecida también asumieron el rol de cabeza de familia. Con una de ellas es un tema del que cuando hemos hablado de ello a lo largo de los años de amistad, hemos pasado de enarbolar el estandarte del orgullo a admitir el terrible peso de la responsabilidad que nos supuso y ninguna tenía ni idea de que esas circunstancias estuvieran recogidas y estudiadas. Tan normalizado lo teníamos.

Tras la pérdida de mi madre, mi obsesión era "sacar adelante" a mi hermano pequeño. Era una manera de continuar con ese acuerdo no pactado, menos mal que mi hermano era espabilado y nunca se dejó mangonear por mí, porque como afirma la autora en su libro este exceso de responsabilidad,  les impide a los chicos realizar actividades acordes a su edad y relacionarse con sus pares, pero el descalabro también es para los hermanos porque quedan a cargo de manos inexpertas que no tendrán la capacidad para guiarlos adecuadamente”


Mi hermano pequeño (6 años menor que yo) supo ponerse a salvo de mi sentido de la responsabilidad, no obstante, el cariño y las vicisitudes que pasamos juntos siempre nos mantuvo unidos y cuando 18 años después el cáncer  asedió de nuevo a nuestra familia, cebándose en él y en mi marido casi a la par,  estuvimos, junto con su mujer, los cuatro, bregando, todos en el mismo barco y cuando hace un par de años mi hermano tuvo que marcharse yo no sentía que su vida..ni su muerte era mi responsabilidad, me sentía del equipo, no sobre la que pesaba todo. 

Todos éramos maduros y luchadores y cuando tocó partir su nave , pese a lo doloroso, infinitamente doloroso que fue–lo amaba con el alma-, mi sentimiento con su partida fue de paz, de que en consciencia, durante esos siete años de lucha, había hecho todo lo que podía con él no por él, pero en su también doloroso proceso no me quedó la duda de  si algo se podría haber hecho de otra manera. No cargué con la angustia de que yo pudiera haberme equivocado en alguna de mis decisiones al no estar preparada para ello, como arrastré durante tantos años con la enfermedad y muerte de mi madre. Esta vez también había hecho todo lo que podía pero las riendas de su vida, y de su enfermedad las llevaba mi hermano. Y mi papel era el de acompañarle a él y a su mujer que es como otra hermana para mí. Y ahora mirando hacia atrás hasta parece que su partida anunciada fuera orquestada de una manera armoniosa, dolor sí, pero no desasosiego.

Cuando murió mi madre no me quedó esa paz porque yo había sido lo que se denomina una hija parental. Y ha tenido que ser con el tiempo y mucha introspección como he llegado a reconciliarme con todo aquello y hasta con ella, con mi madre, porque ella tampoco tenía la culpa de ser frágil y aún más porque en su fragilidad y aún tratando de protegerla yo, a su lado me sentía protegida, tanto, que cuando ella falleció me sentí además de vacía -pues ya no tenía esa enorme responsabilidad a tiempo completo-,  indefensa, desprotegida, huérfana.

Da igual a la edad a la que se  pierda a una madre, da igual que desde mucho tiempo estuviera apagándose su vida, su ausencia sobreviene de una manera repentina y el sentimiento de orfandad es absoluto (abandono, desamparo, soledad) además  va acompañado de una especie de vértigo que se confunde con el desconsuelo,  el  de "nunca más sus besos".

Hoy hace 26 años que mi madre murió y  mi homenaje es recitar un poema de su poeta favorito,  al que también admiro, y que al narrar en un poema la muerte de su querida Leonor, describió palabra por palabra la de mi madre. 

Una madre frágil que enfrentó su enfermedad y muerte con una gran valentía y coraje. Ella me lo enseñó todo, menos a vivir sin ella….¿o también fue eso lo que me enseño?



Una noche de verano
—estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa—
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a su lecho
—ni siquiera me miró—,
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme,
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón,
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!

                                                                    Antonio Machado.


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2 comentarios:

  1. Tus palabras me han dejado con lágrimas en los ojos. ¡Cuanta valentía y cuánta consciencia hay en tu vida¡ un abrazo muy fuerte querida amiga.

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    1. Tu comentario me ha calado mucho...Recibido y sentido. (Gracias Itsaso)

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