Celebrar el compartir.

Hace un año vio la luz “Mariposas en el corazón. La adopción desde dentro”. Un libro que en realidad es la reflexión que cinco mujeres hemos hecho de nuestra maternidad adoptiva, en el que partiendo de un objetivo común: ser madres, cada una de las cinco volcamos nuestra experiencia poniendo énfasis en lo que más nos marcó  en nuestra lucha por conseguirlo.

Ser madre y sentirse madre son cosas diferentes, quien adoptó lo sabe. No es un juez o una administración la que te hace sentir madre de un niño que no ha nacido de ti. Eso queda patente en el libro, en cada historia. Está claro que son ellos, los niños y tú misma la que conquistas ese sentimiento, en ellos –si se dejan- y en ti, y  sientes que has llegado a conquistarlo cuando un buen día (no importa el tiempo que pase), te das cuenta de que todo en ti respira y emana maternidad. Técnicamente se dice que el vínculo se ha consolidado. Pero de tecnicismos están las familias adoptivas llenas y lo que más necesitamos es que nos ayuden a explicar y a entender las emociones que experimentamos esas personas de carne y hueso que pasamos por mor de la adopción de la sublimación a la realidad cotidiana.
Particularmente lo que más me costó fue vincularnos entre nosotros. Siendo como son ellos y yo personas cariñosas de formas y ávidas de cariño, sin faltar muestras de ternura y afecto, había una cosa que me costó mucho percibir en ellos: el sentir que de verdad les importaba. Sus palabras de cariño eran caricias necesarias, pero más allá de los besos, que aprendieron a dar conmigo yo necesitaba sentir que para ellos era algo más que una jefa de suministros o un facilitador, ambos son supervivientes y ambos tienen muy bien desarrolladas desde muy chicos las habilidades sociales necesarias para sobrevivir, y siendo consciente de la relevancia que ello tenía y admirándoles por eso al mismo tiempo, era eso mismo lo que me hacía sentir un vacío de contenido afectivo (que no afectuoso).
Hoy miro hacia atrás y sé exactamente el punto de inflexión donde todo empezó a cambiar. Lo volqué en el libro porque sé que muchas madres se han preguntado las mismas preguntas que me hacía yo y están tan asustadas como lo estaba yo entonces…

Uno de esos momentos en que sabes que se produce un avance en este sentido, un enorme paso, sucedió una tarde en que estábamos los tres en el parque y los niños andaban jugando en los columpios. Yo, que me estaba quedando fría, empezaba a resentirme de la garganta, así que busqué con la mirada algún sitio donde diera el sol y estuviera resguardado del viento que soplaba frío pese a lo brillante del mediodía. Localicé un parterre resguardado del viento y al que le daba el sol, un poquito más allá de donde jugaban ellos. Cuando iba para allá de pronto mi hijo se bajó del columpio y vino corriendo llamándome:

– ¡Mamá! ¡Mamá! ¡No te vayas, mamá!
–Pero si no me voy.
–Ven, ven, mamá. Ame la mano –y me condujo al banco más cercano a donde ellos estaban jugando–. Séntate aquí, mamá, ¿vale?

Y allí me quedé, helada de frío, pero con el corazón calentito, flotando en una nube, creo que en el rincón más umbrío y ventoso de todo el parque…

Lejos quedaron aquellas veces que en ese mismo parque mi hijo recién llegado y con paso inestable echaba a caminar justo en dirección contraria adonde estuviéramos, como si quisiera huir de nosotros y de todos sin mirar hacia atrás ni contestar, por muchas veces que le llamáramos. Al final no había más remedio que correr «atraparlo» y traerlo a regañadientes enfadado y berreando.

Poco a poco su actitud iría cambiando. Había empezado por pedirme que no me fuera sin él a la calle o a buscarme por la casa y traerse los juguetes adonde yo estuviera para estar conmigo. Hacía tiempo también que ya no se iba con cualquiera indiscriminadamente como al principio, diciéndome adiós con la mano como para que me fuera y lo dejara con quien quisiera que en ese momento le hubiera tomado en brazos.

Ese día del parque hacía más de un año que estaban conmigo y fue la primera vez que sentí que mi hijo necesitaba que estuviera allí, cerca, mirándole. Ese nuevo momento de pertenencia que vivimos dio paso a otras muchas señales que indicaban que en sus corazones también empezaba a germinar ese amor substancial y necesario.”

(Ni mudable ni provisional. Mariposas en el corazón. La adopción desde dentro.)

Recordar todo esto y compartirlo es mi manera de celebrar con quien lea esto, ese libro y todo lo que significa y contiene. Un libro que el día de mañana ayudará a nuestros hijos a entender nuestra historia y tal vez un poquito más a sus madres, un libro que me ha ayudado a ordenar emociones y sentimientos, a naturalizar muchas etapas que hemos tenido que superar y del que me siento muy orgullosa, porque es el primero que trata de adopción desde dentro, sin teorías ni tecnicismos, solo sentimientos, los de verdad, los de sentido positivo por supuesto, pero los dolorosos también. Como la vida misma, adopción en estado puro. 

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