Doctor Jekyll y Mister Hyde

Los días pasan deprisa, en breve hará 6 meses que los niños están con nosotros.
Antes de que llegaran los niños y en su espera, los días y los meses en que aguardábamos tener noticias referentes a la adopción pasaban lentos y parsimoniosos y desde que están aquí de pronto levanto la mirada y habrá volado medio año!
Hasta ahora a todo lo que no salía bien o no acababa de “estar en orden” –y no me refiero a la casa que esa creo que no volverá a estar en orden nunca más - se lo podía achacar a que los niños estaban recién llegados, pero en estos meses en los que la gran mayoría me los he pasado de baja maternal y ejerciendo de madre y sólo de madre a tiempo completo y en exclusividad, creo que he tenido tiempo más que de sobra para asentar al menos unas bases …y tengo que reconocer que no estoy contenta.
Mi mundo interior está patas arriba: siempre aspirando a ser una persona equilibrada, adoraba la armonía personal y la necesitaba para vivir como quien necesita el aire que respira, había conseguido pulir un temperamento fuerte, impetuoso e impaciente, y sin perder la pasión por la vida había llegado a suavizar las aristas más agudas de mi carácter, e incluso hubo un momento en que creí haber llegado a esa cima a la que todos deseamos llegar en nuestra escalada hacía la madurez personal y sin triunfalismos puedo asegurar que hubo una etapa en que llegué a sentirme cómoda conmigo, a gustarme como era, algo difícil para alguien que creía que todo se puede mejorar y que todo lo que sucede sirve para aprender, enriquecer y alimentar al ser humano…


Pues una vez mas estaba equivocada. Tan sólo había llegado a una meseta, a una altiplanicie y ahora veo que aquella meta que me fijé ha quedado obsoleta e inabordable, tengo que buscar otra cumbre, un proyecto más acorde con el rumbo que ha tomado la vida porque aquel reto ya no concuerda con mis aspiraciones presentes. O tal vez deba empezar desde el principio... Cambiar no solo el sentido y la marcha de mi rumbo sino también cambiar mi filosofía: antes pretendia aprender yo para enseñar y creo que la nueva situación es la de que aprenderé con las enseñanzas de mis hijos. Dejaré la teoría de la educación, tantos años estudiada y me educaré con la practica.
Estoy familiarizada -acostumbrada nunca- con los cambios de rumbo radicales que da la vida. Abandonar esta trayectoria me disgusta sobre todo por la íntima sensación de regresión que siento y por la perdida absoluta del sentimiento de ser una persona centrada, equilibrada.
Me da mucho miedo a no volver a sentirme igual en este nuevo camino. Pensaba que todo ese trabajo mental, subjetivo y anímico me serviría mucho para la educación y el trato con nuestros hijos. Pero creo que no, en estos meses no recuerdo un momento en el que me celebrase a mi misma o haya oído susurrar a mi Pepito grillo particular -el de los momentos de aupa-, “animo jabata, que lo estás haciendo bien…” ni una sola vez… (excluyo los momentos de juegos en que mi yo más infantil aflora y bajamos las escaleras a culetazos haciendo el trenecito o cosas por el estilo en las que más que madre soy compañera de diversiones.)
Hago balance y son meses de regañinas y regañonas, de castigos, de enmiendas de sentirme una mandona, de “noes” a espuertas, de esto no se toca, esto no se hace y “haz esto o haz lo otro” un millón de veces repetido, de tenerme que poner seria el "taitantos" por ciento de las veces y estar en guardia y alerta el 99,9%. De sentirme más tiempo más cerca de la señorita Rottenmeier, que de la madre dulce y tierna en que yo misma me concebía.
Cinco
meses y se han ido al traste mi armonía, mi equilibrio y mi sosiego, a veces creo que he hecho una regresión de treinta años en autocontrol y serenidad personal.
Hay días en que creo que voy a ser capaz de poner una flor en el calendario, -he pensado en señalar así el día de la semana en que no me salgo de quicio (aunque más bien tendría que pintar una paloma, con rama de olivo incluida)- pero hasta ahora solo y en contadas ocasiones he conseguido pintar algún que otro arco iris, por las veces que he sido capaz de restablecer la calma tras mis intimas tempestades y chaparrones familiares.
“Son dos niños de golpe con edades muy diferentes y tienen que adaptarse” es el argumento como excusa que mis afectos suelen darme para que me perdone a mi misma…
¡Y yo soy una adulta y ya debería haberme adaptado y ser capaz de manejar las situaciones… !
¿Cómo es posible este sentimiento de derrota personal por mi lucha con dos niños pequeñitos que a demás son en esencia buenos?
¿Qué sería de mi si me hubieran tocado en suerte dos Zipi-zapes de armas tomar?
Busco respuestas en madres, en educadoras y en las dos o tres personas sabias que la vida me ha regalado como bálsamo a las que acudir cuando no encuentro la salida en los callejones en los que me he encontrado alguna vez. Busco en los libros y en la red…Pero yo se que la respuesta está en mi misma, en encontrar en este nuevo universo interior lleno de agujeros negros que me engullen, la puerta que me conecte con aquella persona que fui -por supuesto renovada-, tengo que encontrar mi equilibrio y mi propia parcela de armonía y tengo que reestructurar este andamiaje que no me gusta cómo estoy montando.
Esa es mi batalla, no es con los niños, es con mi carácter que es como si no fuera mío... tengo la impresión de no haber avanzado nada, tantos años de intentar crecer en mi interior y el resultado es que aún sigo siendo enana… Tengo claro que los niños no son los culpables de mis limitaciones, de mi falta de estrategias ni tienen porque sufragar mi falta de experiencia, o mi carencia de habilidades.
Muy al contrario creo que son las dos razones más poderosas y más legítimas por las que luchar, por las que remendar y enmendar los fallos que día a día voy enumerando en mi imaginaria lista de “lo que yo no haría nunca como madre” , esa lista que en el camino hacia la maternidad vamos confeccionando a base de observar a las madres de nuestro alrededor con ojo crítico, desde la comodidad de nuestra ignorancia y que nos escandalizan con su “falta de tacto y de paciencia” cuando gritan una orden a sus hijos, o su tajante severidad cuando niegan sin explicar por quinta, sexta o séptima vez, un capricho o un antojo, o cuando “permiten” a sus hijos que en el restaurante o en una reunión familiar o social lloren o incordien con su comportamiento… (ahora las entiendo y a mi pesar "las comparto")
Llevo todo este tiempo de tropezones, de hacer sin querer ni poder evitar todo eso que critiqué en su día, con la sensación de que estoy construyendo castillos de arena que parecen derrumbarse en cuanto me despisto un poquito, llevo todo este tiempo sin gustarme en el papel de madre-sargento y lo curioso es que cuando necesito escaparme de mi nueva personalidad –que me parece tan fea- busco refugio en los brazos de mis hijos, siento mucha paz acunando a Nacho para adormecerlo antes de dormir, o cuando por las mañanas Diana aprovecha que su padre se ha levantado para mudarse un ratito a mi cama antes de que suene el despertador y es el momento en que más “cerquita” nos encontramos, abrazaditas y calentitas ajenas a todo…luego suena el despertador y empiezan las carreras y los apresuramientos, las escaramuzas de las que algunas se convierten en batallas, y entonces me salen los galones empiezo a dar ordenes taxativamente y me trasmuto en la horrible persona de la que estoy renegando en este post.
Curiosamente es el fin del día y el “aún no comienzo” cuando siento en mi piel y en mi corazón la ternura y el sentimiento maternal que tanto andaba buscando, ¡unos ratitos tan cortos para unos días tan largos que al mismo tiempo pasan fugaces!
Ahora me queda el trabajo de ser capaz de trasladarlo a otros momentos del día, ser capaz de encontrar esos momentos o de provocarlos sin tener la impresión de que firmo un armisticio ni blando ninguna bandera de la paz con el enemigo, tras horas de negociaciones en la cocina con una sopa o una croqueta que prodigiosamente hace bola en la despensa que Nacho tiene por carrillos, o tras pasarme una tarde entera tratando de hacer entender a Diana porqué la manía o la necesidad de agrupar las cosas en decenas y unidades o la gran incógnita de la diferencia entre números pares e impares o porqué es necesario lavarse la cabeza aunque no "rasque".
Me horroriza ser para mis hijos sólo quien les marque los límites constantemente y les exige y que prefieran irse con sus tíos o a casa de sus amigos donde pasar una tarde de risas y asueto donde por supuesto la vida es más divertida sin la pesada de mamá o el poco condescendiente papá.
No había yo pensado en ese papel desagradable que nos toca. Cuando acariciamos nuestros sueños y formamos nuestras expectativas no tenemos en cuenta todas estas objeciones, pasamos por encima de ellas –si es que las consideramos- muy de puntillas y con mucha prepotencia.
Luego toca enfrentarse a todo ello y tenemos dos opciones o cerramos los ojos y seguimos adelante como quien se lo lleva la marea o tratamos de remar a contracorriente buscando alternativas para llegar a orillas de la tierra prometida… desgastándonos y agotándonos.
Tengo que reconocer que a veces reúno fuerzas y remo y paleteo y me agoto con la sensación de que otra vez la corriente me arrastró hacia donde no quería ir. Y cada mañana me despierto soñando con encontrar la manera de llegar a la orilla.

Un fin de semana bestial (última parte)


A la mañana siguiente nos despertamos tarde, aunque estaba subida la persiana, la ventana tenía unas cortinas tupidas que apenas dejaban pasar un rayito de luz, suficiente para saber que no era temprano .
Me levante rota, me dolía el cuello y la espalda y cuando vi la hora di el toque de queda pues corríamos el riesgo de perdernos el desayuno. Saqué a Bruna a su paseo matutino, como quiera que estábamos enfrente de un camino de tierra la dejé ir sola sin perderla de vista, -un pis y corriendo otra vez para la habitación-. Nacho se negaba a despertarse, lloriqueaba y decía “a mimí” ….“a mimí” todo el rato (en esos momentos te acuerdas hasta de sus ancestros), así que mientras Eduardo se duchaba y Diana se vestía vestí a Nacho medio dormido y protestando…que cuando tiene un mal despertar …bueno su carácter kazajo se pone de manifiesto y es bastante difícil de aguantar el pobrecito de lo cabezota, agota lo que se empeña en llevar la contraria y como grita y llora con todo y por todo ( y te vuelves a acordar de sus tatarancestros), Eduardo se fué con los niños hacía el restaurante y asi pude componerme yo .
Llegamos a tiempo al desayuno, el buffet estaba muy bien surtido, Eduardo y Diana hicieron un desayuno continental y descomunal, yo soy incapaz de tomar salado recién levantada y opté por el desayuno clásico : café con leche, zumo y unas tostadas con mermelada y mantequilla.
Tras el desayuno nos fuimos a dar de comer a los patos y a las carpas, que al contrario de la tarde anterior nos hicieron poco caso. Debían de haber comido ya porque apenas se nos acercaron algunos patos por curiosidad y una perca que si que dio mas cuenta de las migas de pan que los niños les tiraron.
Ya en la habitación recogimos todo y nos marchamos del hotel, decidimos que como teníamos todo el domingo para regresar lo haríamos yendo hacía Quesada, para ver el nacimiento del río Guadalquivir y después pararnos en el “Chorro”, un paraje de acantilados donde poder observar buitres y buitreras, y ver volar y oir los chillidos de las chovas piquirrojas.

En el nacimiento del río Guadalquivir Diana vió como la gente atravesaba el rio pasando por entre las piedras y quiso intentarlo, una vez puesta en faena se dió cuenta de que lo que parecía facil y divertido no era tan fácil y a nosotros su intento nos permitió grabar un simpatico recuerdo de ese día.

Casi todo el camino trascurre por pista forestal atravesando el bosque de coníferas, para poder disfrutar del olor a pino, fuimos despacito con las ventanas abiertas, tuvimos la suerte de que el día anterior había llovido y no se levantaba polvo de la pista de arena. Daba gusto ir así: los niños también iban calladitos mirando la maleza por si teníamos la suerte de ver algún otro animal y aunque no tuvimos suerte de ver alguno, al llegar al Chorro, vimos un montón de rastros de animales (pisadas en el barro y excrementos en la hierba ) y oímos a las chovas y vimos volando buitres a distintas alturas casi constantemente, y tanto Nacho como Diana disfrutaron mirando a través de los prismáticos sobre todo desde el puesto de observación de las buitrera.
Como era la una casi y media y aún nos quedaba un buen rato hasta llegar a algún sito para comer, aprovechamos y nos comimos entre los cuatro una latita de foiegras de esas abre fácil con un paquetito de galletas “Tuc”-para canapés- que había traído yo de casa para reponer fuerzas en momentos necesarios y la verdad es que nos supo a gloria. Diana iba contando los turnos de rotación “esta para mi, esta para Nacho, esta para papá, esta para mamá…”-no se le pasó ni uno-, y al final Nacho coreaba con ella “para mamá… para papá… mío!”y cuando se lo comía salía corriendo a saludar a los buitres que planeaban en el cielo muy arriba por encima de nosotros.…Y pasamos un ratito muy a gusto repartiéndonos los bocados como quien se reparte cromos.
Luego ya pusimos rumbo a casita y tan solo paramos en un restaurante de carretera a comer unas raciones y unos helados, fue un trayecto largo y un poquitín pesado en esa parte, pero después de comer los niños se durmieron un rato y así se les hizo más corto.
Cuando les preguntamos a los niños sobre qué es lo que más les había gustado de todo lo que habían visto, Nacho por supuesto, no dudó un segundo en decir “la lana” (la rana) y Diana nos especificó que lo que más le había gustado de todo habían sido las “cebras” y ver a las “nutrias” volando… refiriéndose a las “ciervas” y a los "buitres"…. La pobre con tanta información y tanto vocabulario aprendido en estos pocos meses, parece que le pasó como a aquel alemán que se apuntó al curso de español “aprenda 1000 palabras en 7 días” y cuando le preguntaron si el curso era eficaz, muy contento explicó que desde luego que si, que el sabía 1000 palabras en español y que todas, todas las tenía almacenadas “aquí, en el culo”(señalándose la cabeza).
Esto que parece exagerado le sucedió a una chica joven, extranjera, que en un perfecto español un día en la tienda, me pidió que le vendiera un sujetador color piel porque se le transparentaba ¡la falda!...
Sólo espero que a nuestra hija este rápido aprendizaje no le juegue muchas malas pasadas, de momento se limitan a cosas de este tipo y a pedirme jamón en vez de jabón cuando se está duchando…En cualquier caso ella sabe reírse de si misma y lejos de que estas confusiones le creen un problema, hacen que bromee y dan pie para bromear.
Fue un fin de semana en familia, muy especial porque fue el primero los cuatro juntos, fuera de casa. Eduardo y yo somos muy viajeros, y no necesitamos de muchas excusas para salir de viaje, pero con los críos es diferente, sobre todo Nacho y sus cruces de cables cuando se le traba la rutina, sobre todo la nocturna, me imagino que poco a poco iremos consiguiendo que a Nacho no le desestabilice tanto el dormir fuera de casa, o tal vez cuando sea un poco más mayor y confíe un poco más en que el dormir no le arrebatará el mundo del que ahora tanto miedo le da ausentarse.

Todas las madres una madre.



Querida hija mía, estés donde estés:

Hoy es el día de la madre y hace tres años que te busco para oír de tus labios llamarme mamá.
Mamá es una maravillosa palabra que suena en todos los idiomas igual, pero no en todos los labios, y no hay en el mundo una palabra que suene mejor.
Mamá cura el dolor y protege del miedo.
Tú no sabes como se pronuncia y yo aún no sé como suena.
“Mamá” Es una palabra de dos direcciones y yo necesito encontrarte para que me llames “mamá” y me cures del dolor de no tenerte conmigo y el miedo a no encontrarte.
Hoy, día de la madre no voy a oírtelo decir de palabra, pero sé que en tu corazón me estás llamando “mamá” y mi corazón te está escuchando.
Esa es mi guía hacia ti, si tú no te cansas, yo tampoco.
Mi amor, mi pequeña, te quiero ¿me escuchas?
Espérame que quiero regalarte todo lo que contiene la palabra mamá.
Y mi corazón sólo espera esa palabra mágica, que está latiendo en tu corazón esperando poder subir a tus labios.
Espérame amor mío, no se donde estás pero encontraré el camino hacia ti.

Te quiere: Mamá (Mayo 2009)

Hace un año escribía estas palabras, escribí mis sentimientos en frases cortas para poderlas escribir también en ruso, en mi torpe y recíen aprendido ruso...y luego la vida me regaló no sólo una hija kazaja, -que no hablaba ruso sino kazajo- y además me regaló un hijo maravilloso.
Escribo esto especialmente para las que aun están esperando a sus hijos, como testimonio de que la vida no siempre te regala al final del camino lo que deseas sino que incluso ¡lo dobla!, y todas las expectativas quedan cumplidas con creces, aunque en algún punto del camino creamos que no, aunque lleguemos a tener serías dudas de nuestro destino.

Leí hace poco unas palabras que estaban escritas como para mi, sé que las vais a sentir como dirigidas a vosotras, a cada una de vosotras, como me pasó a mi al leerlas :

"Ser madre es un camino, no es un destino".
Y nuestro camino, el de todas las que hemos escogido la senda de la adopción, empieza mucho antes que quienes escogieron o pudieron realizar su sueño de forma biológica, nuestra gestación está llena de papeles, de apostillas, de esperas dilatadas, de incomprensión y de inseguridad a culminarla... bueno de tantas incertidumbres que aún me desesperaría enumerarlas.
Pero a fuerza de tesón y de dolernos el corazón y las entrañas en esos bajones terribles, se llega al otro extremo del hilo rojo, y nos encontramos en los brazos con una personita a la que tanto buscamos pero de la que nada conocemos, y empieza un nuevo camino.
Cuando empezamos nuestra andadura hacia ellos Diana tenía poco más de tres años y nuestro hijo Nacho no había sido siquiera concebido, y como cosa curiosa el día que firmamos en asuntos sociales la petición de apertura del segundo expediente para Kazajstán nuestra hija cumplía 5 años y han sido 6 las velas que no hemos soplado juntas…
Estos como otros muchos son los procesos dolorosos que hemos de sufrir, y que como muchas de las cosas dolorosas de esta vida hay que aprender a vivir con ello, vivir con el desconocimiento en la vida de nuestros hijos anterior a nosotros. Nunca la ignorancia produjo tanta angustia. Siete años que me he perdido y... ¿Qué me he perdido?.
Cuando miro alguna de las pequeñas cicatrices de mi hija de las que desconozco cómo se han producido, o las señales de alguna vacuna en la que no estuve yo presente sabiendo el miedo que le producen los pinchazos…
Cuando pienso en el recién descubierto mundo de los besos de Nacho,
que parece estar resarciéndose de los que no ha recibido en estos dos años y medio, porque nadie que esté cerca se le escapa sin que le pida “besito” , o si está jugando lejos de nosotros de pronto viene corriendo y nos abraza y nos da o nos pide “besito”… dos años y medio él sin besos, nosotros sin sus besos.
Sólo quien tenga la suficiente sensibilidad será capaz de entender cómo nos duelen nuestros hijos en las entrañas sin haberlos gestado, sin haberlos parido, porque es un dolor lleno de interrogantes y vacío de respuestas.
Hoy es el día de la madre, mi primer día como madre y me he acordado de los muchos que pasé deseando sentirme madre, pensé que sería un día completamente feliz, pero no es así, porque hoy también recuerdo a mi madre hace más de veinte años fallecida y se me agolpan todos los días de la madre que pasé con ella y recuerdo a la mujer que gestó a mis hijos a la que le deben la vida, a la que debo su vida.
Por eso me emocioné tanto cuando mi hija al salir del colegio el viernes me dio su regalo para el día de la madre: un monedero hecho con un cartón de leche reciclado, que su padre en secreto ayudó a recortar y su maestra ayudó a confeccionar…¡El monedero mas bonito que he tenido ni tendré nunca!
Mi hija me preguntaba en su español recien aprendido “-¿mama porque tu lloras?”
Cómo explicarle que lloraba de una felicidad que me dolía al mismo tiempo, que Madre para mi es una palabra tan cargada de significados que me desborda el corazón.

Hoy es el día de las madres, de todas las madres de mi vida. Estoy muy feliz pero me duele, difícil de entender sino se sabe porqué lo digo, porqué lo siento de esta manera.
Escribo esto para compartirlo y para sacarlo de mi y por eso, con todo mi sentimiento va mi recuerdo y mi felicitación a “mis madres”, y a mis amigas madres, las que lo vivieron conmigo y las que están apunto de vivirlo, y a aquella madre sea quien sea a la que le lleguen mis palabras. Porque hoy, yo que soy madre, me siento muy huérfana de la mía, por no poder vivir con ella la alegría y el dolor de haber podido llegar por fin a ser MADRE.

Un fin de semana bestial (2ª parte)

El viaje a Cazorla a Diana le resultó largo pese a que iban viendo una película, y a cada tanto nos decía aquello de “-¿falta mucho?” intercalado con un “-¿cuando llegamos?” y es que ni le atrapó la versión de Walt Disney del Jorobado de Notre Dam –a mi en su día tampoco-, ni el soberbio paisaje del sempiterno olivar jienense pese a que lucía espléndido con la primavera manifestándose por todas partes :con los bordes de la carretera jalonados de genista, margaritas, saponarias y amapolas pareciéndose el paisaje a un cuadro impresionista.
Nacho iba tranquilito, siempre se porta fenomenal en los viajes y nunca se marea, no así su hermana que antes de cada viaje tenemos que tener la precaución de darle una ampolla de “Cinfamar” que se toma muy fácil moviéndola un poquito en la boca como un enjuague y luego tiene que tragársela y le va de maravilla porque no se marea y no le atonta y apenas le da sueño.
Al llegar al “Paso del Aire” nos paramos a que vieran el paisaje y Diana se entusiasmó con todo lo que nos rodeaba: los árboles, las vistas formidables, la tierra removida que le explicamos que estaba así por las hocicadas de los jabalíes buscando comida y para coronar la toma de contacto con la naturaleza pasó por encima nuestro un buitre planeando, terminando así de entusiasmar por completo a los niños y haciendo que Diana se proclamara encantada con todo lo que veía. A partir de ese momento todo le parecía increíblemente bonito, interesante, lo preguntaba todo y no veía el momento de que viéramos algún animal, de hecho vimos unas cuantas vacas pastando y unos caballos de los que destinan a paseos turísticos atados a un poste cuando pasamos por Arroyo Frío y quedó entusiasmada.
Viéndola disfrutar así no veía yo la hora de que llegara el atardecer -que es el mejor momento para llevarlos al parque cinegético- para que vieran a los ciervos y a las cabras montesas que suelen ramonear por allí .
Llegamos al hotel, el “Noguera de la Sierpe” que ya conocíamos, es uno de los que más nos gusta porque además de ser muy confortable, tener muy buena ubicación e instalaciones, admiten mascotas –Bruna, nuestra perrita también vino con nosotros- y para niños es fenomenal porque tiene zonas verdes y un gran estanque con unas carpas enormes y patos, fochas y una oca, con los que alucinaron los dos y mucho más cuando al día siguiente después de desayunar pudieron darles de comer miguitas del pan que les dejamos coger del desayuno.
Tras instalarnos en la habitación nos fuimos en busca de algún sitio donde comer que por la hora y por ser sábado pensábamos que estarían todos llenos, nada más lejos de la realidad, los hoteles, los restaurantes del camino, todos estaban desiertos…
Hubo un tiempo, cuando yo era más joven en que tanto las sierras de Granada, como las de Jaén, como los Pirineos eran mi destino en vacaciones para poder practicar junto con el senderismo casi todos los deportes que pudieran hacerse en contacto con la naturaleza, por lo que durante varios años fui con frecuencia a la Sierra de Cazorla, y llegué a recorrer muchas de sus rutas tanto a pié, en coche o a caballo, para poder hacerlo incluso aprendí a montar tomando clases de equitación en Almería.(Juventud y osadía hacían maravillas, hoy no me reconozco en aquella chica intrépida que no dudaba en montar a caballo, bajar una pared vertical haciendo rappel o saltar en parapente...¡que lejos queda todo aquello!)
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A esta sierra venía siempre que podía, independientemente de que fuera verano o invierno y siempre que las condiciones climáticas lo permitían, ya que por aquel entonces mi condición física era buena y dependiendo de la condición económica del momento y de quienes fuéramos nos alojábamos en un sitio u otro, pues la oferta en esa zona es amplísima y podías alquilar una habitación por poco dinero o un apartamento en el Hoyazo, que salía muy económico cuando íbamos en grupo o si íbamos en plan mas tranquilito elegíamos el “Paraíso de Bujaraiza” que entonces era de una familia encantadora que lo explotaban con mucho mimo.
Por zonas la de Coto Rios o Bujaraiza eran las preferidas y por aquel entonces había lleno absoluto casi cada fin de semana. Es por esto que conozco bastante la zona y aunque ha pasado mucho tiempo desde aquello siempre cuento con esta sierra para cuando necesito una toma de contacto con una naturaleza accesible y por ello me pareció el mejor lugar para que nuestros hijos empezaran a apreciarla.

Comimos completamente solos en la pérgola del restaurante del hotel Paraíso de Bujaraiza, muy bien atendidos aunque ya no estaba la familia que lo regentara diez años atrás, pero en la carta llena de exquisiteces seguía habiendo de postre la tarta de zanahoria, receta de la dueña de entonces y que me supo tan rica como la que ella hacía.

Después de comer y de que Nacho hiciera de las suyas echando fuera la comida que no le gustó y que como una ardilla va guardándose en el buche. Tiene la habilidad de sólo reservar lo que no le gusta e ir tragándose lo que si con lo que parece que avanza en comer y cuando te pilla en descuido ¡zas! Saca afuera lo que se va reservando en una especie de regurgito interminable de una cantidad asombrosa para una boca tan pequeña.
Menos mal que para los viajes y fiestas de guardar le llevo una especie de baby que compramos en Ikea para cuando jugaran con las temperas y que es con mangas impermeable, y lava y seca en un momento.
Superado el incidente y mientras los cafés, los niños estuvieron jugando en el césped que teníamos delante en el que había un estanque con una rana….
La rana estaba inmóvil, con los ojos abiertos, buceando, como muerta… bueno sin como, el caso es que a Nacho le impacto mucho y a partir de ese momento ya no había en todo Cazorla nada que le interesara que no fuera “la lana” (la rana).


De allí nos fuimos a la Torre del Vinagre, el centro de interpretación de esta sierra y por razones de horario decidimos visitar antes el jardín botánico que está justo en frente y que recoge y explica los diferentes tipos de árboles, plantas y arbustos, la vegetación que podemos encontrarnos en la sierra agrupados por las altitudes donde se encuentran. En nuestra visita, y como no podía ser menos tras el descubrimiento de Nacho de la existencia de los batracios el punto caliente fue el estanque , desde que entramos al jardín los dos niños no hacían nada más que prestar atención a las ranas que se oían y fuente o charco que vieran allá que iban en busca de ellas.
En el estanque recreado para las plantas acuáticas tuvimos la suerte de ver saltar unas cuantas ranas y ya la apoteosis llegó cuando descubrimos en medio del estanque una rana que cuando croaba se le hinchaban los mofletes en dos globitos perfectamente redondos, la verdad es que me hizo ilusión verlo hasta mi, porque nunca lo había visto en vivo ni en directo y eso que de pequeña con mis primos en los veranos en Soria he cazado ranas hasta hartarme, y son de los recuerdos más divertidos de mi infancia y sobre todo cuando se trataba de coger ranitas de san Antonio, unas verdes muy pequeñitas que eran nuestras favoritas y que las cazábamos usando trozos de trapo rojos (no puedo explicar por qué, pero funcionaba...) Cuando pudimos arrancar a los niños del estanque- a pesar de que la rana ya se había zambullido hacía rato- nos dirigimos al centro de interpretación donde -aparte de lo de todos los centros de este tipo- muestran al natural rastros de los animales más emblemáticos de la zona: jabalíes, ciervos, gamos, cabra, muflon, zorro, garduña,¡hasta huellas de focha había! y así se puede aprender a distinguir por las huellas o la forma y tamaño de sus excrementos qué animal ha pasado por allí.
Cómo quiera que es muy fácil que luego te encuentres alguna cacarruta de ciervo o de gamo (que deben de ser muy parecidas y las debe distinguir un especialista) incluso de cabra o muflon según la altura y la situación en la que te encuentres, a los niños les gusta mucho comprobar que –aunque no los vean- si que viven o pasan por allí los animales porque las huellas y los excrementos dan fe de ello.
Para completar la visita nos acercamos a la piscifactoría que está muy cerca de la Torre del Vinagre y aparte de las peceras con distintos tipos de peces mas o menos grandes, con los que Nacho mostró cierta cautela, pudimos ver en el estanque que tienen para los visitantes unas carpas enormes y dos esturiones bastante grandes con sus manchas blancas y su forma alargada que se movían sigilosamente, apareciendo y desapareciendo según la profundidad a la que se movieran. Cuando los niños se cansaron de jugar a “donde está el esturión”, eran ya mas de las seis de la tarde, como el día estaba nublado oscurecería antes así que nos dirigimos al parque cinegético con la esperanza de que los niños pudieran ver algún ciervo.
Nada más salir de la piscifactoría nos encontramos un coche parado en medio de la carretera con las luces de emergencia, estaban observando un grupo de hembras de gamos (los gamos se distinguen de los ciervos por el color de su pelo y por su cornamenta, aunque al ser hembras solo se distinguían por lo primero) Diana estaba contentísima y cuando le dejamos unos prismáticos para que los viera ya no se que le hacía mas ilusión si los prismáticos o los gamos… En el camino hasta el cinegético iba hablando sin parar sobre los animales ...que si veríamos algún zorro, ....que si las serpientes, que si los lobos…haciéndose una película increíble! Llegamos pronto al parque cinegético, como apenas había gente resultó de lo más agradable poder recorrer el camino que es apenas un paseo e ir asomándonos por los miradores además tuvimos la suerte de que en todos había ciervos bastante cerca de donde nosotros observábamos.
Nacho los señalaba y hacía sonidos como quien llama a un perrillo y Diana los miraba y nos decía “mamá... papá....¡Bambi... ¡Nacho, mira Bambi”! y se refería a un joven ciervo con unos pequeños cuernos cubiertos de borra que recordaba ciertamente al universal ciervo de Walt Disney.
Estuvimos un rato observando los animales en cada mirador, en todos había algún grupo de ciervos, y en el último también pudimos ver como comía una cabra hispánica encaramada al comedero que para tal fin está allí colocado.
A Nacho lo que más le gustó del paseo fue un petirrojo que parecía estar jugando con nosotros porque no acababa de espantarse con la algarabía del niño y volvía a posarse cuando este ya parecía haberse distraído con otra cosa y se lo pasó fenomenal a pesar de que a el lo que le hubiera gustado ver eran ranas y no hacía sino nombrarlas.
Ya de vuelta en el hotel nos aseamos y nos pusimos ropa limpia –la que nos quitamos estaba toda embadurnada del característico barro rojo de la zona-, cambiamos las botas por zapatillas de lona y nos fuimos a cenar al restaurante que estaba muy animado con un grupo de moteros y varias familias. Comimos de maravilla los cuatro: dos salmorejos y dos habitas baby con huevo, dos truchas (una a la plancha y otra receta de la casa) dos platos de croquetas caseras y postre cada cual el que quiso, los niños yogurt y nosotros flan y arroz con leche, todo estaba exquisito y todos estábamos hambrientos, así que lo que puede parecer una burrada de comida entre los cuatro desapareció en un santiamén.
Nuestra habitación era tipo bungalows que consistía en una habitación grande y alargada con dos camas una de ellas inmensa y otra de noventa, había además un mueble con otra camita supletoria, un armario empotrado y un cuarto de baño completo también muy amplio. Los cuatro cabíamos perfectamente en la cama grande sin apretarnos, pero decidimos que Diana durmiera en la pequeña por estar mas amplios y porque Nacho –al que le descoloca mucho el dormir fuera de su cama- no hacía sino dar patadas y moverse, al final consiguió dormirse al menos un par de horas, trascurridas las cuales se depertó y consiguió despertarnos a todos por completo así que decidí pasarme yo con el a la cama pequeña y abrazaditos conseguí que se tranquilizara y volviera a conciliar el sueño, no así yo que me despertaba a cada tanto con una de sus patadas o sus brazadas estampadas en mi nariz, o casi me hecha de la cama al cruzarse totalmente. Como no quería que se volviera a despertar – ni ninguno se despertara de nuevo- acabé dormitando en posiciones imposibles, y aunque pensé en dejarlo sólo en la camita y pasarme a la grande con Diana y su padre decidí no hacerlo por miedo a que Nacho se cayese o se diera con la mesita de noche que iba entre las dos camas y tenía unos picos bastante pronunciados.

(Continuará...)