Nacho quiere ser bebé

Y ahí me tienes dándole el yogurt sentadito en mis rodillas o arrullándole al ritmo de una nana cuando me pide entre “balbuceos” y con tono de falsete:
-Cántame “nananá” (refiriendose a la de “Buenas noches” o Lullaby de J. Brahms).
Ahora alternamos la etapa de “yo solito” con “mamá yo soy tu bebé”, ahora que empezamos a distinguir fonéticamente jabón de jamón y perrito de pedito aunque no somos capaces de distinguir entre el huele y el duele con lo que se dan momentos divertidos:
_ayyyyyy…. Maaaami me “huele” el pie! (también estamos pelín quejicosos)
-Si cariño? Vaya por Dios! Trae a ver….snif…snif…. aghhhhh si que te huele si! A queso…..horriblemente!
Y se rie….
A ratos me habla con “gagagás” y” guguús”, en otros momentos quiere que yo también sea un bebé y nos enzarzamos en diálogos con la “t” que parecen discusiones filosóficas
(Nacho): -Tatatá…titi…tototó?
(Yo):-To…(no)
(Nacho): -Tíííí! (si)
(Yo):-to..to…
(Nacho):-¡Tíííí! ¡Tíííííííííí!
(Yo):-tá tontito tú?
(Nacho): -To...
¡Y vuelta a empezar!
Alguien que nos oye dice:
-¿Para atrás como los cangrejos?.

Y yo estoy convencida de que es al revés que Nacho se está preparando para madurar y que necesita tal vez vivir un poco una etapa no vivida: la de arrumacos y mimos que seguro le faltó cuando era más pequeñito y vivía en Kazajstán.
Eso unido a que ahora me ve menos (por la mañana colegio, a medio día come medio dormido, me voy cuando está dormido del todo echando la siesta y regreso cuando ya está duchadito y en pijama, preparo la cena y enseguida han de irse a la cama a dormir a veces sin tiempo para contarles ni siquiera un cuento).

Así que es su forma de decirme que me echa de menos, regalándome el bebé que me perdí, reclamándome la madre que le faltó y entonces recuerdo que desde supe de su existencia hasta que pudimos traerlos a vivir con nosotros pasaron 6 meses, medio año de la vida de un niño de dos años y medio y me parece injusto e inhumano que se eternicen los procesos de adopción de esa manera…¿Y de mi hija? ¿Cuánto nos hemos perdido de ella? Tanto que a veces tengo que tragar saliva cuando por ejemplo al peinarla esta mañana de pronto he visto que ya me llega a altura de la nariz, o cuando me cuenta las conversaciones con sus amigas y cómo cada día le interesan menos las muñecas y más cuando podrá usar el brillo de uñas de mamá, o cuando le dejaré usar tacones…

Hay quien dice que a fuerza de ser el pasado algo irrecuperable es mejor no pensarlo y empezar a vivir desde el momento en que nos conocimos.
Nos hicimos padres y responsables de ellos desde el instante que aceptamos la asignación, pero no es fácil cuando eres incapaz de responder a preguntas del tipo “¿qué enfermedades infantiles ha padecido su hijo/a?" o porqué tiene esa cicatriz ya casi imperceptible o esa mancha de nacimiento, o qué sucedió en el parto…
No es fácil asumir que ellos empezaron a vivir "mucho antes de nosotros", y tengo la sensación de haber entrado en la sala de cine de la vida de mis hijos con la película empezada y que en el camino se han quedado muchas cosas que nos pertenecían tanto a ellos como a nosotros y para ser sincera a veces me duele como una estafa, una usurpación de tiempo y sucesos que como hijos y padres no hemos compartido.
Y me duele al sentir la impotencia de que hoy en día con más información y medios que nunca se siga con semejante parsimonia ante la dilatación de un proceso en el que padres y niños parecen ignorados donde todavía hay demasiados intereses y no siempre en interés del menor es donde la burocracia se eterniza y por otra parte las asignaciones son aleatorias y no meditadas, no se busca un perfil de padres para unos niños sino que como esas maquinitas de premios “cae” la que en ese momento esté más cerca de la salida.

Luego con el tiempo nos agrada casi tener la certeza de que tanto tiempo se demoró nuestro proceso porque tenían que ser ellos y no otros, los hijos que nos correspondían, pero esto es cosa de la providencia y del "abuelo de la luna y sus hilos mágicos".¡Cómo si ellos no hubieran estado esperando también!. Sí que es verdad que nada más conocerlos no los cambiarías por nada en el mundo.Y todo el tiempo que has esperado se esfuma como por ensalmo, sean cuatro o cuarenta años. Por esto y por muchas cosas cuando mi hijo me pide ser mi bebé, lo aprieto muy fuerte contra mí y le digo que él siempre será mi bebé, mi niño, mi tesoro y junto con su hermana lo mejor que me ha dado la vida.

Nos estamos perdiendo muchos abrazos

Me han hecho en privado reflexiones sobre la foto de Diana y su amiga,una imagen que recoge y refleja un instante muy emotivo y a la vez tan natural...
Es efectivamente, el momento en que Diana se ve -por última vez y para despedirse-, con Shamira, una de sus amigas en Ustka, amiga de la casa de niños que la acogiera y donde sé que llegó con expectativas de mejora.
Para ella el centro aquel fue un lugar acogedor donde esperar a que le buscaran unos papás.
He pasado rato y rato mirando esa foto, y las de aquel momento porque me dicen muchas cosas, me hablan de cuando fuimos a recogerla: de las prisas que nos metieron para hacer algo tan importante como dejar atrás todo el corto, pero intenso pasado de mi hija, aquel momento que pasó tan rápido pero que fue tan importante y me hablan de la relación de mi hija con el orfanato.

Llegamos a recoger a nuestros hijos por culpa de retrasos y contratiempos aeroportuarios un sábado por la tarde –que en los centros de acogida de Ust solo no trabajaban los empleados no administrativos-, pese a todo allí nos esperaba la directora (rusa) y la psicóloga(kazaja).
En contra de la costumbre allí arraigada, nosotros no dimos regalos, porque por principio nos opusimos a esa práctica, tan extendida, y nadie nos los requirió y nos trataron con afecto y respeto y tengo fotos de cuando Diana se despidió, -nos despedimos- de ellas en el despacho de la directora, a la que habíamos tratado en varias ocasiones y vimos tratar a Diana y fuimos testigos de la relación que nuestra hija tenía establecida con ellas –Diana siempre cariñosa, siempre afectuosa- y en la despedida, que no fue nada fría, pude ver en ellas muestras de verdadero afecto y lágrimas mezcla de alegría y pena por la partida de Diana.



Aquella era buena gente, gente autentica, que es la impresión que me dieron en general los habitantes de aquella ciudad en la que vivimos todo un mes. Gente franca, y dispuesta a ayudar, con los sentimientos inherentes en el ser humano bastante intactos.
Bien es verdad que tengo noticias de componendas y desmanes, pero a parte de los excesos en costes y tarifas, nosotros no tuvimos más problemas en aquel país que el que nos quiso crear “gratuitamente” el jefe de negociado de visados de la Embajada Española en Astana, y no era kazajo, era español (post enero 2010 “Pesadilla antes de Navidad”).
Siguiendo con el tema, el centro que acogía a Diana era parecido a un colegio pero sin clases, los niños eran de edades comprendidas entre 5 y ocho años, vivían en grupos no muy numerosos en módulos independientes y estaban todo el tiempo a cargo de cuidadoras –no maestras- y hago esta puntualización porque Diana no distinguía ni letras ni números,(el alfabeto era distinto pero no era esta la razón) no sabía,por ejemplo, contar más allá de los dedos de la mano. Nadie le enseñó a leer o a escribir y en poco más de un año lee español y aunque con lógica dificultad, su comprensión lectora es bastante buena, y está aprendiendo junto con sus compañeros de clase a dividir.
Curiosamente lo que más le está costando es la asignatura “conocimiento del medio” porque sus conocimientos en este sentido habían sido escasos: es dificil entender para ella la diferencia entre pueblo, ciudad o país, por citar algún ejemplo.

El sistema en el que vivía era cerrado y tan proteccionista que apenas necesitaba usar las neuronas, no se les animaba a tener iniciativa y seguir con disciplina las rutinas del centro eran lo único que tenían que hacer allí los niños.
Las instalaciones eran sencillas pero prácticas y contaban con televisión tanto en la sala de juegos de cada módulo como en el dormitorio,donde veían peliculas y programas infantiles no sólo rusos o kazajos también otras como Pinocho o Srek, por citar algunas. Aquel era un edificio viejo pero limpio y calentito y bien mantenido por dentro.

En este centro nos trataron como a padres desde el minuto cero, nos permitían sacar a la niña por las mañanas para ir a la casa cuna a visitar a Nacho todos los días de la semana y luego por la tarde –que no veíamos a Nacho, nos dejaban la sala grande de juegos para estar con Diana y los niños de nuestro grupo de padres adoptantes españoles juntos e incluso cuando Evelyn, -una de las madres españolas- volvió a España un par de días antes que nosotros, dejaron que su hijo Nikita bajara a jugar con Diana y con nosotros.
El ambiente era bastante "escolar" y la directora era muy amable y toda ella emanaba bondad. Recuerdo que un día, al dejar a Diana en su centro, al mirar hacia atrás la vi que de nuevo salía del edificio e iba llorando, hicimos detenerse al conductor y Diana nos explicó que no encontraba a los de su grupo, así que la acompañé por todo el centro sin éxito y acabamos en el despacho de la directora, que al verla llorar la acogió con preocupación-, y enseguida la tranquilizó–y a mí también- abrazándola y explicándonos que el grupo de su módulo se había ido fuera del recinto a dar un paseo y se quedó con la niña, por lo que nos marchamos tranquilos y con muy buena impresión de aquella mujer.

Lo que pudimos ver era trato francamente afectuoso y para nada ficticio, y esto era extensible al resto del personal del centro ya que cuando nos invitaron a presenciar junto con autoridades kazajas, la “fiesta de otoño”, pudimos constatar cómo los niños participaban en los juegos que se proponían de manera espontánea y la actitud de todos con sus cuidadoras era relajada y confiada.

Muchas veces pienso al ver esas fotos y observar la manera que mi hija se relaciona con los demás niños, que los niños de allí se trataban con un afecto distinto al que manifiestan los de aquí por sus amigos, se tocan de diferente manera, allí se abrazaban, se sentaban muy juntos y se miraban sin recelo, ¿tal vez lo mismo que nosotros hace 30 ó 40 años?.
Allí también los niños desarrollaban lazos de hermandad. Recuerdo que mi hija se guardaba algunas de las chucherías que a veces le llevábamos de merienda, para luego compartirlas con sus amigas hasta que nos dimos cuenta y comparábamos también para ellas. Y el día de su cumpleaños niños y niñas abrazaban a Diana con cariño indistintamente, cariñosamente y sin afectación.


Al llegar aquí mis hijos siguen con sus costumbres afectivas –Nacho se acerca a los niños más pequeñitos y les acaricia la cabeza y si algún adulto -conocido o no- le cae bien le echa los brazos y lo aprieta con cariño o se abraza a su pierna- y casi en la mayoría de los casos estas manifestaciones pillan por sorpresa a mayores y pequeños.
No sé a qué o a quien echarle la culpa, pero si que con el avance y desarrollo de las llamadas “civilizaciones”, se pierden muchas cosas, entre ellas la ingenuidad, la naturalidad del trato personal a todos los niveles.
Se desnaturalizan la franqueza y la espontaneidad de las relaciones interpersonales hasta de las infantiles, y me refiero a la esencia de esas relaciones.


Ahora nos besamos con desconocidos recién presentados y nos tuteamos con señoras y señores de edad, socializando nos creemos más sociables, pero no nos miramos a los ojos ni nos estrechamos las manos con calor y si miramos alrededor desconocemos a nuestros vecinos y tenemos dificultades para sentirnos de verdad cobijados y escuchados en los problemas más personales sin sentirnos juzgados hasta con los miembros más allegados de nuestra propia familia.


Un día te paras a mirar alrededor y te das cuenta de que en realidad nuestras relaciones –la que entablamos con nuestra gente, a la que queremos- son en realidad relaciones superficiales y que hasta entre los nuestros somos todos para todos íntimos desconocidos.
Y lo más triste es que así el corazón se envilece y la piel se encallece, la soledad ahora es soledad en compañía y poco a poco nos volvemos frívolos e insustanciales porque con las prisas y los problemas y las nuevas maneras de vida en particulares microcosmos, hacen que nos estemos perdiendo muchas profundas emociones y muchos abrazos.

Cazos, sostenes y secretos.

Itsatso es no cabe duda,una persona especial, una de esas mujeres que saben ver a través y más allá de todas las cosas, que comparte esa visión suya de la vida y del arte en un blog:

"Cuaderno de retazos"



Un sitio Repleto de maravillas, en el que logra una emulsión exquisita entre imágenes, datos y comentarios. Un rincón en este mundo virtual al que estoy suscrita o más bien enganchada. Hoy miro mi correo y me encuentro con un nuevo post suyo..Tengo un minuto? Si, me asomo… y zas! me atrapa como siempre, mucho más de un minuto, creo que hoy me ha atrapado para mucho mucho rato, porque mucho después que cierre su blog incluso hasta después de que apague el ordenador, el contenido de su post va a seguir dándome vueltas en el pensamiento.

Además estoy deseando comentárselo a mis hijos: Nacho lo mirará con esa cara de mil ojos y absoluta concentración que pone para que no se le escape nada y Diana como con casi todo que le “toca” la fibra tratará de escabullirse mentalmente en el punto donde ya no lo soporte más con algún comentario de maniobra escapista… luego cuando termina la historia, el cuento, los dibujos, siempre me parece que no le ha gustado o que ha preferido quedarse al margen, pero luego en el momento menos esperado y sin venir a cuento -o a veces si- lo trae a colación y me doy cuenta de que le ha “calado”.


Y Nacho, al terminar si le ha “llegado” tiene siempre la misma mueca, una muy característica en la que frunce la boca sacando el labio inferior, se queda pensando unos segundos y...¡a otra cosa apapola! (apapola es como desde pequeñito llama a las mariposas , apapola es un palabro que me parece tan bonito que hemos acabado por añadirlo todos en casa a nuestro vocabulario).

En el post de Itsatso comentaba con su habitual atino este cuento:

Todos somos un poco Lorenzo...

¿Cuál es nuestro cazo? ¿Qué herida o rareza vamos arrastrando de manera que nos evidencie como personas especiales para lo bueno o para lo malo? Porqué no todos los cazos, no todas las peculiaridades son malas o negativas, empecemos por ahí, aunque si que casi todas asustan y hasta provocan reacciones de rechazo en los demás.

Ya sabemos: lo diferente asusta, aunque sea un rasgo o una simple actitud. En este sentido he podido comprobar, que para algunas personas a veces los gestos espontáneos y desmedidos de cariño de mis hijos les desconciertan hasta tal punto que no saben cómo actuar a veces, y hay personas incapaces de responderles con naturalidad cuando mis hijos les abrazan de esa manera tan cariñosamente expresiva. ¿Puede ser su necesidad de afecto uno de sus “cazos”?

Creo que poco a poco se irán dando cuenta de que aquello de que "la verdadera medida del amor es amar sin medida" tiene muchos matices.

¿O tal vez el cazo que arrastren mis hijos sean sus rasgos orientales?

Hoy ha sucedido otra vez…a Diana le han llamado “china” y ella lógicamente percibe el tono despectivo de ese comentario, y por más que le explique que eso se lo van a decir millones de veces y que es exactamente igual que si le dijeran “morena” porque tiene el pelo oscuro…ella lo percibe como un insulto.

Ya ni se molesta en corregir al que se lo dice diciendole que no, que ella es kazaja,así que vamos a probar un método de “desarme al contrario” y la próxima vez si el que se lo dice o la que se lo dice es rubia pues que le conteste con un “y tu pelo rubio”. Porque del mismo modo que ella no ofenderá con su comentario tal vez le sirva de defensa y de autoconfirmación.

-Mamá a ti alguna vez te han insultado?


-Uhmmm..Bueno...no hace mucho...en la cola del supermercado un niño mal educado me dijo "quita pa yá culo gordo!" (tengo una talla 42 eh???)

-Si???


-Si y como la verdad es que tengo el culete un poco gordo pues no me ofendí. ( Y le puse un poco el culete en pompa para que lo comprobara)

-jajajajaja. Un poquito...si...

-¿Ves? ¿y si ahora me enfado contigo?

-No puedes porque es verdad que tienes un poquito gordito el culito.(¿Y si la mato?)

-¿Entonces lo has entendido?

-Si mamá. Pero... quienes son más guapas las chinas o las kazajas?(Esta se está convirtiendo en una pregunta existencial)

-Hay chinas guapísimas y kazajas guapísimas

-¡Y feísimas!

-Si hija, feas y guapas las hay en todas partes...

Creo que aún tendremos mucho que guerrear con el tema de los rasgos de su cara.

Diana coqueta, Diana preadolescente, el otro día me pidió que le regalara un sujetador: una niña de más o menos su altura vino a la tienda con su madre a por un par de ellos, la niña se moría de la vergüenza pero entre todas –incluida Diana- le normalizamos bastante el momento. Cuando se marcharon, Diana en seguida me dijo que ella quería uno igual, que cuando podría empezar a ponérselo y que si se lo podía probar.



Como quiera que la revolución hormonal ha comenzado hace unos cuantos meses en su cuerpo y la ropa de verano es más indiscreta, me pareció una ocasión estupenda para introducirla en el mundo de la ropa interior… por mi trabajo he visto que en esto hay dos tipos de actitudes preadolescentes: la que desde pequeñita está soñando con ponerse sujetador y la que no lo quiere ver ni en pintura.

Creo que todas las mujeres tenemos alguna anécdota guardada sobre nuestros primeros sujetadores.

Recuerdo mi primer sujetador con absoluta nitidez: era de color amarillo (¡¡!!) de la desaparecida marca Warner´s,(deformación profesional) tenía costuras en el centro de las copas y en la separación un circulito que hacía el propio tejido de la prenda adornado con tres florecitas verdes y rosas. Salí de la tienda con él puesto y recuerdo que me resultaba extraño pero al mismo tiempo me producía una sensación como de ser muy mayor y muy guapa, Tengo un recuerdo muy similar a mis primeros zapatos de tacón -inolvidables- y como aquellos, el sujetador me provocaba una postura poco natural…

El caso es que mi madre me mandó subir a casa a por algo mientras ella hacía unas compras en la farmacia de debajo de casa, llamé a la puerta y mi hermano mayor –ya adolescente total-, nada más abrir la puerta y antes de saludarme siquiera (o regalarme con uno de sus púberes exabruptos) me soltó un sorprendido “¡¡llevas sujetador!! “ que me provocó el acto reflejo inmediato de encoger los hombros. Le respondí con un “¡y tú eres idiota!” , que viene a resumir la relación que en aquellos tiempos manteníamos mi hermano mayor y yo en la difícil edad de los 10 y 12 años.

Lo que no recuerdo es si este capítulo me hizo ser mas reservada para con mis compañeras de colegio a la hora de contar o enseñar mis interioridades, pero si que se lo enseñé a mi vecina y amiga Mercedes, hija única, a la que su madre tardó muy poco en comprarle uno muy parecido. También recuerdo que en clase había una especie de división entre “las que llevábamos” y las que no, y luego estaba Ana, -caso aparte-,compañerilla de tantas cosas a la que sigo frecuentando con cariño , que siendo más mayor y más alta que ninguna era lo que se dice una tabla pero se las ingenió para colocarse uno y rellenarlo con algodón …con mucho algodón.

Todos estos recuerdos me los traen a la memoria las anécdotas de mi hija y me hacen los hacen desempolvar con una sonrisa pero sin nostalgia.

Volviendo a Diana, ella está muy contenta con su conjunto color fresa, por casualidad de idéntico color que mi primer conjunto, aquel que mi madre me comprara de jovencilla en el Corte Inglés, de la marca Intima Cherry, era de algodón perforado y cuya braguita y sostén venían presentados en un tarro de cristal con la tapa de metal blanca con unas cerezas en el centro que eran el logotipo de la marca, super coqueto parecía un bote de mermelada más que un conjunto de ropa interior. Ese tarro guardó mucho tiempo mi bisutería hasta que se rompió.

Tan contenta estaba Diana que hasta ayer no dudaba en enseñar de motu propio a quien le hiciera un poco de caso su recién estrenado sujetador: a las madres de una reunión en la que estuvimos el sábado, a sus compañeritas de juegos, a sus compañeras de colegio…. Hasta llegar a una en concreto que la desconcertó.

El caso es que iban en fila al recreo y Diana se volvió para comentarle la novedad de su vida y la compañera le soltó un “¡eres una guarra!” que dejó a mi hija chafada y muy muy descolocada, aún así y con sus ya más que estrenadas “habilidades” sociales se defendió con un “la guarra eres tú” que aunque le sirvió para salir airosa en el momento no la dejó muy conforme.

Un par de horas después del suceso ya en casa, mientras yo hacía la ensalada –así no la miraba- me relató lo sucedido…
-”Mamá, ¿porqué XXXX me ha llamado guarra? “

…Se la notaba desconcertada y muy dolida, y eso que no se trata de una de sus amigas, sino de una compañera, de la que me habla de vez en cuando, una niña un poco peculiar de forma y contenido, adoptada también con la que creo que mi hija intenta hacer migas desde el primer día de clase sin conseguirlo. Tal vez esto de contarle lo del sujetador no fuera sino un inocente y vano intento de acercamiento.

Cuando mis oídos oyeron la palabra “guarra” como calificativo para mi hija, un calorcillo asesino me hizo hervir en bilis las visceritas casi de forma instantánea. Paré de cortar en cuadraditos el pimiento, respiré y con pose y tono de voz lo más normalizado posible le pregunté datos sobre el incidente.

Lugar: la fila del recreo, hora: media mañana.Parte contraria: XXX.Parte contrariada: Diana.Y me volvió a contar lo sucedido...


Le pregunté por la reacción de su mejor amiga cuando le enseñó el sujetador y cuál fue mi sorpresa cuando me comenta que a ninguna de sus amigas, ni a nuestra vecina, con la que más suele jugar, les había hecho partícipe de su novedad y por los datos que tenía me estaba dando cuenta de que lo estaba usando como “vehículo” de acercamiento sobre todo con personas no allegadas.

También le pregunté el porqué le había contado su “secreto” a esa niña que por los datos que ya teníamos no era en absoluto su amiga y no se lo había contado a Noelia, Carmen, Maria del Mar, Andrea… Sorprendida,me preguntó si se lo tenía que haber enseñado antes a sus amigas, como si hubiera sido este un fallo terrible de protocolo y lealtad.

De la manera más razonada de la que fui capaz y con toda prudencia posible le hice una disertación sobre la amistad, diferencia entre amigas, compañeras y conocidas, sobre la conveniencia de aprender a guardar secretos y a compartirlos con quien creyéramos iban a saber comprenderlos y compartirlos y corresponder a nuestra confianza, la veía perdida en un mar de dilemas e inseguridades y a punto de ponerse a llorar porque sentía que se había equivocado terriblemente y por mucho que me empeñaba en decirle que no era fácil reconocer a quien se podía contar qué secreto creo que la pobre no oía más que palabras sueltas: “secreto” “persona inadecuada” “consecuencias desagradables”…

Podía leerlo en ella, leer cómo sentía que se había equivocado con una de esas equivocaciones que creemos de terribles consecuencias…

Probablemente haya quien crea que esta es una de esas anécdotas a las que le estoy dedicando demasiada atención, pero mi propia historia está llena… o vacía más bien de directrices en este sentido que me han hecho sentir esa incómoda sensación de que “cuento más de la cuenta a quien menos debo de contar”. Tal vez este blog es una manera de buscar un camino o un puente entre mi introversión y mi extroversión, mi desorganizado mundo interior y mi necesidad de comunicación más que una manera de ordenar y reflexionar sobre los sucesos que me descolocan.

Para resumir y aclararnos las dos quedamos en que la lógica y contradefensiva respuesta de “la guarra eres tú” a la que Diana había recurrido era, probablemente aunque si la más socorrida de las respuestas, no la más acertada.

Diana lo primero que me dijo era que al día siguiente, iría a pedirle perdón a XXX por haberle dicho que era una guarra, lo que tampoco me parecía justo, así que convinimos que cuando viera la ocasión,se dirigiera a esa niña para explicarle que ella le había hecho partícipe de su secreto porque la consideraba su amiga… Diana me preguntó con cierta razón:

-¿Y si me dice que no es mi amiga ni quiere serlo?- Y ella misma se contestó: -Pues entonces le digo “tú te lo pierdes”.

Cuando acabamos la conversación había cortado en daditos menudos todo lo que tenía cerca, hasta las pechugas de pollo que iba a hacerlas empanadas, estaban cortadas en perfectos dados para ensalada.

Al día siguiente Diana llegó más tranquila y hasta satisfecha, habían tenido educación física y en los servicios donde se cambian o se recomponen tras hacer deporte había encontrado el momento de abordar a su compañera, me contó que la conversación había transcurrido más o menos así:

Diana:-¿XXX Porqué ayer me llamaste guarra? Yo te conté mi secreto porque creía que eras mi amiga…

XXX: -¡Callate!

Diana: ¡Tu te lo pierdes!