Anecdotas familiares

Diana es una de esas niñas que por sus experiencias tiene muy claro donde se encuentra su estómago, lo sabe mucho antes de haber aprendido donde están los pulmones y eso que son tan necesarios para vivir.



Para ella la comida tiene mucha importancia a, es una de las cosas a las que más prioridad le da. En los cumpleaños y fiestas donde nos reunimos mayores y pequeños alrededor de la comida es bueno estar un poco pendiente para que respire entre bocado y bocado y recordarle la diferencia entre engullir y comer. Ella es consciente de que debe aprender esa diferencia, pero siempre se le olvida.


La primera vez que fue de excursión con el cole a comer fuera de casa le preparé un menú de lo más variado:


Galletitas y zumo para media mañana, gazpacho y dos bocadillos con dos piezas de fruta para medio día y más galletitas de chocolate para la merienda...


En el primer descanso de la mañana se lo comió todo.


Ya no le quedó comida en todo el día aunque se las apañó para que una amiga compartiera con ella su bocadillo a la hora de comer.


En el último cumpleaños al que asistió en la escuela de verano se comió tres trozos de bizcocho de una niña y un trozo de trata de otra que cumplía el mismo día, a mén de atiborrarse de patatas gusanitos etc. Nosotros nos enteramos porque a la hora de comer después de haber comido un buen plato de raviolis e incluso haber repetido, cuando llegamos a la fruta, -era plátano y no es de sus favoritas-, la noté cómo pesada y que le costaba acabar con la pieza. Cuando le pregunté, ella misma me puso en antecedentes de todo lo que había comido. Desde luego fue un milagro que no le explotara el estómago.


Y es que cuando prueba algo que le apetece pone tal cara de deleite y lo saborea con tal placer que sorprende por la intensidad con que lo degusta.


Para hacerle comprender cómo veíamos los demás esta intensidad suya frente a los alimentos se me ocurrió escribir el cuentecito “Amiguita si sólo como una miguita”.


También dedicado a mi abuela Catalina.


Mi abuela Catalina era una cocinera estupenda y su mayor disfrute era cocinar cualquier cosa que le pidiéramos. Siempre nos preguntaba después de cebarnos a base de bien sobre lo que nos apetecería comer en la siguiente comida, ella estaría encantada con su nieta, lo sé. Pero es que mi abuela materna vivió una guerra y también desarrolló unas visceritas de campaña.

Nacho cumplió 4 años.

Como caía en martes, día laboral, me resultaba imposible no sólo organizar nada, ni tan siquiera asistir (tengo un horario de trabajo canalla) por lo que decidimos celebrar una fiestecita en uno de esos “ -PARK” donde los niños saltan juegan y se desmelenan de forma más o menos controlada rodeados de bolas de colores. Se trataba del primer cumpleaños en el que Nacho iba a ser consciente de que era el protagonista del día, por primera vez tenía consciencia de lo que es “hacerse grande” .Era un día importante.
La hicimos el fin de semana antes del cumpleaños a última hora de la tarde del domingo y el escogido fue un sitio pequeñito  cerca de casa donde trabajaba Sonia, que tanto me ayudó durante el tiempo que duró la enfermedad de Eduardo y facilitó con su empleo y dedicación a nuestra tienda, la adopción de los niños, al poder dejar el negocio en sus manos durante el tiempo que estuvimos en Kazajstán y después durante la baja maternal (¡cómo la echo de menos!)

La fiestecilla resultó muy entretenida, muy en familia y con nuestros vecinos, los niños desmelenados corriendo, persiguiéndose y dándose panzazos en las bolas y haciendo el bruto, los padres sentaditos afuera tomando una cervecita, luego se disfrazaron –los niños-, y vino la merienda, piñata y tarta para soplar las velas y ¡sorpresa! el mismísimo Bob Esponja vino a saludar un momento a niños y cumpleañero. Nacho se asustó, no se esperaba esa versión en 3D de los dibujos de la tele, pero luego a todo el que quería oírle le decía: “¡he estado con Bob Esponja!” Incluso días después le preguntaban por el cumpleaños o simplemente “¿cuántos años tienes Nacho?” y contaba lo de Bob Esponja con esa lengua trapajosa que entendérsele no se le entiende siempre pero hablar… ¡Es que no para!

Luego el martes -día  de su cumpleaños- a la hora de comer, hicimos fiesta especial en casa con pizzas, entremeses y tarta de chocolate para que volviera a soplar las velas… su cuarto cumpleaños, el segundo con nosotros.

El día del cumpleaños de los niños es el día en que se celebra su nacimiento, el día en que el bebé vio el mundo por primera vez…

Mis hermanos y yo nacimos los tres por cesárea-soy la de en medio-, fuimos niños muy deseados ya que mi madre también se sometió a tratamientos y tuvo un embarazo extrauterino que acabó en extirpación de uno de sus ovarios.
 


Luego se sometió a cada cesárea con las anestesias de antes, con las cicatrices inmensas de antes y un post operatorio de los de antaño…Pero siempre que hablaba de nuestra espera era una espera ilusionada.


Mi hermano pequeño se lleva ocho años con el mayor y seis conmigo, tengo recuerdos muy nítidos del embarazo de mi madre y alguno punzante de cuando mi madre entraba en quirófano para que naciera. Fue el niño más bonito del mundo y desde entonces empezamos a hacerle regalos a mi madre en cada cumpleaños nuestro.

 Mi hermano mayor y yo aunque nacimos con dos años de diferencia cumplimos años el mismo día y entre los tres siempre le hacíamos un regalo-un detallito-, por la primera vez que fue madre y el día del cumpleaños del pequeño por su última maternidad.

Mi madre puso mucho empeño en tenernos, ser madre le supuso unos esfuerzos muy grandes, hablamos de los años 60 y luego cuando me tocó a mí pasar por aquella tortura y aquellas interminables esperas mezcla de ilusión y temor con cada inseminación, con cada intentona…Sin duda fui más consciente todavía de cuánto debió de pasar.
 Mi única experiencia como embarazada apenas duró siete semanas y acabó en un quirófano hace más de diez años. Poco después la idea de la maternidad se hizo un borrón  en el borrador de mi autobiografía y aun tarde unos años en pasar página a la que hoy me parece más que propia, una historia apócrifa.
No, no sé lo que significa estar embarazada ni sus molestias ni tampoco sus maravillas. La primera ecografía que me hicieron mientras lo estuve fue un tremendo jarro de agua fría nada parecido a ese puntito diminuto y latiente que yo esperaba ver. No sé lo que es el miedo al parto ni el dolor, ni la subida de la leche, ni compartir con mis hijos la intimidad de amamantar.

Pero hice mi duelo por todo ello, y lo despedí entonces creí que para siempre. Luego, seis años después, mi sentido común me dictó el no intentar de nuevo ser madre biológica pasados los cuarenta (cuando al casarnos Eduardo y yo nos planteamos formar una familia).
Muchas veces las madres adoptantes hablamos de “nuestro embarazo burocrático”, ahora con todo pasado soy más consciente de que aunque la incertidumbre y los agobios y la montaña rusa que pasamos durante los cuatro años de proceso adoptivo son una tortura difícil de sobrellevar, se parecen a aquellos meses de espera infructuosa en los que aguardaba que un puntito azul-predictor iluminara mi vida, no sé cómo es un embarazo así que no puedo comparar una espera con la otra.

 
Como madre adoptante mi espera fue azarosa (y complicada) pero muy ilusionada, me pasé todo el tiempo haciendo cosas por y para ellos, cosas manuales (decorar su habitación por ejemplo), o intelectuales (leí todo lo que pude sobre adopción y educación e incluso estudié ruso) como una madre en estado de buena esperanza preparé el nido y mi vida para su llegada y el día que nos enteramos de que nuestros hijos existían fue uno de esos momentos que recordare siempre como el momento más esperado, el primer paso consciente de que iban a ser ellos y ningunos otros los que nos estaban predestinados.


Los cumpleaños de mis hijos me recuerdan sin remedio que no los tuve en mi barriga, que no los parí… Soy una más de esas muchísimas madres cuyo nacimiento de sus hijos es una incógnita y eso irá conmigo en una herida sin cicatriz aparente.

El cumpleaños de mi niño pasó y me trajo todos esos pensamientos y muchos sentimientos encontrados con los que estoy aprendiendo a convivir.
Siempre termino en la misma reflexión: La Vida, la de todos, desde el momento en que sentimos el dolor hondo de una pérdida, sea la que sea, nos enseña que debemos mirar hacia delante, que sólo cuenta el presente y si acaso -por pura fe- el futuro. Pero no puedo evitar mirarlos a ellos y mirar de reojo un pasado tan incierto y figurado como el futuro. Y vuelvo al presente y ese si cada vez es más  (como en inglés) un presente continúo y progresivo.

Reunión de padres

Tengo el blog un poco retrasado, tengo más cuentos por subir, un post sobre el cumpleaños de Nacho y un puñado de anécdotas y de cosas que me gustaría compartir pero no me resulta posible porque ando desbordada y agobiada por el maldito-bendito trabajo y estoy con falta de tiempo y descanso, que no por falta de ganas porque esta ventanita al mundo es la que me mantiene la salud mental y me “desatasca” las neuronas.
El pasado mes de Junio nos reunimos como cada año, un grupo de madres y padres que aunque apenas nos conocemos si que tenemos en común muchísimas cosas: la primera vez que nos reunimos fué en el 2007 viendo que China se estaba poniendo muy difícil Eduardo y yo habíamos abierto otro expediente de adopción en Kazajstán, habíamos abierto –en realidad-otra puerta de esperanza en ese país y muchos fuimos por conocer gente que tenía las esperanzas puestas en el mismo sitio en un remoto país del que nadie hasta entonces había oído hablar.
En aquella primera -para nosotros- reunión apenas había niños, pero si muchos futuros padres y madres con ganas de serlo, Adolfina sería la que viajaría más pronto a por su Ayana, y conocimos también allí a Evelyn con la que coincidiríamos dos años después en Ust-kamenogorsk y en la misma casa de niños la esperaría a ella su Nikita y a nosotros nuestra Diana, a Gloria que ya luchaba por que la dejaran adoptar a su hija, a Piedad, que a la fuerza tuvo que desviar sus pasos a Rusia en donde les esperaba su niña…y bueno entre muchos más de aquella primera vez, a quien año tras año se ha encargado de hacer posibles esas reuniones: Rafa, su mujer Carmen y su ya por aquel entonces preciosa hija Kazaja Irina con la que muchos de los aspirantes a padres nos fotografiamos para el álbum dossier de fotos para el expediente de adopción. (¡Cuánto ha crecido desde entonces!)
Este año nos juntamos más de una veintena de familias, cada una con sus hijos, kazajos, rusos y los nacidos aquí, biológicos o no da igual, nuestros hijos, todos españoles vinieran de donde vinieran y la razón más importante de la reunión era la preocupación de todos por lograr la normalización ante la administración de nuestras familias.

Daba gusto ver esas mesas nutridas de padres con sus aspiraciones ya satisfechas, orgullosos de haberlo conseguido pese a todas las trabas y cada uno con su “logro” corriendo y enredando por allí. (He adjuntado fotos en las que aunque se percibe el buen ambiente y lo a gusto que estuvimos los niños –sobre todo- no son reconocibles, hay muchos padres que no quieren que sus hijos aparezcan y creo que por el tamaño y la imposibilidad de agrandar las fotos su deseo es respetado.)
En el tiempo interminable que dura el proceso de adopción todos los que aspiramos a ser padres de este modo, pasamos por un sinfín de pruebas : cursos ineludibles en horario laboral, entrevistas con psicólogos y trabajadores sociales, escrutinio de nuestras personalidades, economías, salud, modos de vida y costumbres, de nuestro pasado, personal y familiar…etc. Pruebas y exámenes que deben de superar los aspirantes a padres para poder optar a la adopción. Esto que desde un punto de vista práctico pudiera ser hasta conveniente para depurar las listas de demandantes, resulta una carrera de obstáculos cuya yincana consiste principalmente en manejarse en los múltiples despachos y resolver y reunir los infinitos certificados que te exigen aprendiéndose bien los pasos de expedir en el centro, ministerio,consulta médica,oficina etc y pasar por notario, apostillar, etcétera …un sinfín de etcéteras a lo largo de meses y meses incluso años (cuatro nos llevó a nosotros)…
Luego vendrán las más duras pruebas: tiempos tan dilatados –a veces por causas absolutamente absurdas - que acaban con la juventud de los aspirantes, países que se cierran o cambian sus requisitos dejando fuera a muchos aspirantes a padres en las mismas puertas de conseguirlo, convenios que nunca llegan a firmarse, engaños de tramitadores o intermediarios… (Aquí cada uno podrá añadir-seguro- su propia lista)
Viajes a países remotos donde dependes de absolutos desconocidos que son los que se van a encargar de negociarte (asignarte y tramitarte) lo más trascendental y decisivo de tu vida: tu hijo.
Todos sin excepción de los que nos juntamos en Motril, habíamos pasado por lo mismo, algunos con circunstancias más o menos complicadas, porque en el proceso y en el viaje las cosas por las que hay que pasar son muy complejas pero siempre encuentras a alguien que ha pasado momentos y situaciones más delicadas, hasta llegar a un punto, -en el que yo me encuentro- en que das gracias a Dios porque conociendo a posteriori todo lo que podía haber pasado, sientes que tu historia, la de la adopción, no deja de ser un camino espinoso con una meta alcanzada y un final feliz, que en realidad es el principio .
Ahora nos queda la lucha por nuestros hijos, la de cualquier padre o madre y una añadida: la de que nos dejen seguir adelante con nuestras familias sin más historias ni requisitos.