Procuro escribir las anécdotas divertidas o no, de lo cotidiano porque no quiero que se pierdan en el olvido, hace años que nadie puede contarme como era yo misma o mis hermanos de pequeños: si buenos, si trastos y cómo de trastos… Apenas quedan en mi memoria un puñado de “historias” y pequeñas “fec horías” de las que a veces no tengo muy claro la autoría. Desde que están aquí mis hijos las desempolvo, las repaso… como si de una vieja fotografía, o un viejo pergamino con el mapa de mi infancia se tratara, pero son muy poquitas las anécdotas y cuando trato de recordar tirando del hilo de la memoria o de la lógica se desvanecen en contextos incongruentes por lo que vuelvo a guardarlas en el fondo del corazón, sin añadir ni una coma a las palabras que quedan para recordarme aquellas situaciones que me contaran un día, procuro no añadir ni un solo adorno semántico, para que no pierdan veracidad aquellas frases que quedaron más o menos fielmente grabadas en mi memoria. Pienso que...