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10 años ya. Mucho y poco a la vez.





Tras algo más de cuatro años de espera e incertidumbre tal día como hoy, hace diez años, aterrizamos en el país de nuestros hijos que aún no eran nuestros. No sabíamos a ciencia cierta nada, ni las edades ni cómo eran ni habíamos visto en foto sus caritas, tan sólo una vaga idea de que sus ojos tendrían forma de media luna y poco más.

Pudo ser el día más feliz de nuestra vida aunque, para que mentir, no lo fue. El miedo, la preocupación y la angustia se apoderó de nosotros en el primer encuentro. Algo que no se puede olvidar ni siquiera en un día como hoy en el que podemos celebrar la dicha de tenerlos. O tal vez por eso, para brindar por aquel mal trago que no fue precursor de nada.

Han pasado diez años en un suspiro, veloces, a veces como en estampida, poniendo el contrapunto el querer, que se coció a fuego lento como el mejor de los manjares. ”La forma de querer tú es dejarme que te quiera...” que decía Salinas. Pero ya no importa, porque despacito como ese bambú que crece por debajo, un buen día brotó de sus corazones ese amor que había ido fraguándose y desde entonces (cada uno con un tempo distinto y a su manera) no ha parado de crecer y hacerse inmenso. Yo lo noto. En las miradas y en la forma de abrazar, en lo que no me dicen, en lo que  hacen y en lo que no “me” hacen. Poquito a poco se fueron haciendo míos, en el mejor y más amplio sentido, y mi voz interior me dice que esto no es políticamente correcto, y yo me agarro con fuerza a la necesidad de ser y pertenecer, a la suya y a la mía. Y me dejo llevar.

Diez años ya, o sólo diez años...que parece mucho y poco a la vez. De octubre a octubre, mi vida va a la suya ya tan unida... y cada vez nuestros relojes, que aquel día comenzaron a caminar juntos, se van sincronizando como aprendimos a hacer con nuestros corazones. Y con la mirada siempre en el futuro, hoy de golpe al pasar la hoja en el calendario me vuelve el pasado en un instante y lo paladeo.

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