El pato antivuelco y la patosa madre novata


Esta mañana hemos estado de cumpleaños. Mientras mi hijo y otros amiguillos de su clase jugaban y almorzaban en uno de esos cumpleaños de hamburguesas con firma americana y juegos de trepar, algunas de las madres nos hemos sentado al solecito cerca del enorme dado de columpios de donde nuestros hijos no paraban de entrar y salir. 
En una ocasión uno de los niños ha salido llorando,  parecía que se había hecho daño en la espalda. Nada grave porque al minuto siguiente volvía a entrar a contrapelo con la misma vitalidad que antes del golpe. Tras este incidente, las madres hemos empezado a hablar de las caídas de los niños y del peligro que tenían, algunas las pobres, con niños que empiezan a andar tenían episodios más recientes y que han contado –pese a haberse superado, sin consecuencias- con verdadera angustia.
Hablando de los miedos a las caídas todas han coincidido en el que el lugar más temido para eso es el baño. Sobre todo las madres que tienen niños muy pequeñitos. Esto me ha recordado una anécdota de madre primeriza que me sucedió recién llegados nuestros dos niños a casa.
Antes de nada y para que se entienda el caso, tengo que aclarar que una de las mayores obsesiones que tengo como madre es la seguridad en el baño, en la bañera principalmente.  
De más pequeños no era capaz de dejármelos solos ni un segundo y menos cuando estaban en el agua por poca que esta fuera, me da mucho miedo también ahora (6 y 11 años) pero cuando acababan de llegar era tal mi miedo que ocasionó esta anécdota que he recordado al hablar con estas madres y que quiero recordar hoy aquí para las que estén pasando por esa etapa de susto, con sus niños recién llegados y para aquellas a las que la hora del baño lo mismo les está significando un rato… tenso, para que -si no consigo que se relajen-, al menos les pueda sacar una sonrisa.
 El miedo lo pasaba con los dos, pero el que más me obsesionaba era el pequeño que tenía dos años y medio.La niña de 7 años era -y sigue siéndolo-, más tranquilita mientras que el pequeñin, se caía constantemente por que tenía flojillas las piernas por falta de ejercicio, lo que no le impedía ser muy movido, por eso su seguridad me preocupaba especialmente.
Un día recién venidos de Kazajistán yo estaba en casa de mi vecina Teresa, una de las mejores y mas participativas cooperantes de la “ONG SOS MADRE PRIMERIZA” y me pregunto “¿ya tenéis pato?” Y antes de que pudiera responderle –o mejor dicho preguntarle que qué era eso- me prestó lo que ella llamó “pato”, y efectivamente era una especie de flotador rígido que imitaba a un pato con cara, ojos y hasta con patitas de pato. 
Yo me fui a casa tan contenta con mi “pato” y esa misma noche lo usé por primera vez. Bañé a los dos niños juntos y como tenía verdadero terror a que el pequeño –que no se estaba quieto- se hundiera o le pasara algo en la bañera pues le planté su pato, aunque me costó metérselo de puro rígido que era (plástico puro y duro).
La verdad, a Nacho no le hizo ninguna gracia verse insertado en aquel artilugio pero tanto le gustaba el baño que aunque protestó -y como solía protestar por casi todo-, no le hice caso y al final se sentó en el agua con lo que su ignorante madre creía que era un flotador antivuelco.
Al día siguiente le comenté a mi marido que había que devolverle el pato a Teresa y comprar uno mas grande para Nacho porque ese se le quedaba un poco “encajado”.
Lo dejé en el aseo de la entrada, para devolvérselo 
a mi vecina en la primera ocasión que tuviera.
Nuestra casa es una vivienda unifamiliar y tenemos un aseo en la planta baja pero cada vez que había que poner a hacer pis o caca a Nacho lo solíamos subir al piso de arriba, al baño de los críos donde estaba el “reductor de water”: una tapa mas pequeñita con dibujtitos de Winnie the poh. Como estábamos intentando quitarle el pañal a Nacho por el día y le poníamos a ello cada cierto tiempo, porque rara vez lo pedía, en una de esas veces en que le tocó a su padre llevarlo, y cuando salieron los dos del aseo - yo suponiendo que el niño había hecho caca a pulso-, le comenté a Eduardo la conveniencia de comprar otro reductor para el water del aseo de abajo y con cara de extrañeza me enseño el water del que acababan de salir y donde estaba perfectamente encajado el pato de Teresa…¡Lo que tomé por un flotador antivuelco era un reductor de water con forma de pato! ¡Con razón se me quejaba el pobre!, cada vez que lo recuerdo incrustado en aquella rueda rígida de plástico duro… y ¡menos mal que nunca llené mucho la bañera porque lo mismo ni flotaba!
Son anécdotas de novata que me hacen sentir lo torpe que pude llegar a ser, porque una vez puesto el “pato” en su sitio estaba clarísimo lo que era, me sentí -y nunca mejor dicho- una patosa integral.

Charla Coloquio sobre la sexualidad en el adolescentes adoptado.

Desde Barcelona y en el ordenador de tu casa
“La Sexualidad en el adolescente adoptado: 
El Camino de Integración de los vínculos con los padres 
adoptivos/biológicos”
Sábado 1 de Marzo de 10 a 13h
Charla coloquio con Vinyet Mirabent

La sexualidad es un  aspecto intrínseco a la identidad de toda persona y las vicisitudes de su desarrollo en la adolescencia van a incidir en el adulto que va a ser.
Todos recordamos nuestra adolescencia y nuestra sexualidad incipiente y, si la hemos podido integrar bien, puede ser un gran recurso para entender a nuestros hijos en esta etapa. Pero en la adopción esto no es suficiente ya que las vivencias de los adolescentes adoptados son mucho más complejas, fácilmente sus conflictos más intensos y profundos y se ven invadidos de mayores incertidumbres y temores.

Ponente:
Vinyet Mirabent
Psicóloga clínica y psicoterapeuta. Coordinadora de la Unidad de Psicología y Psiquiatría del Niño y del Adolescente y Coordinadora del Equipo de Adopciones de la Fundació Vidal i Barraquer de Barcelona
Más información e inscripciones (lo mismo para presencial que para asistir de forma virtual) :Instituto familia y adopción.

"Las cosas que, como padres, nos da miedo contar."

Autora :Wendy Bradford autora del blog "Mamá de uno a tres"

De vez en cuando, sale un post en el que el autor describe la regañina de una madre hacia su(s) hijo(s) en un lugar público. Puede que la madre reaccionara de forma exagerada ante ante un fallo del pequeño o ante un llanto incesante. Quizás ocurrió en el momento de pasar por caja. O en los aparcamientos. O en una cafetería o en un autobús. Quizás ella le cogió el brazo con demasiada fuerza en un gesto de rabia, o incluso le abofeteó. El niño se avergonzó. Ella pudo haberle amenazado con pegarle.
Todo el mundo lo vió. La reacción fue desmesurada. Alguien debería haber ido al rescate del niño. Todo el mundo que lo lee está de acuerdo. Todos los comentarios de estos postscoinciden en condenar al progenitor. No se merece a sus hijos. Habiendo tanta gente buena que quiere y no puede tener niños, es una vergüenza que esa mujer pueda tenerlos.
Personalmente, no conozco a ninguna madre de las que esos posts describen. No conozco su historia, y no sé lo que ocurre en su casa. También me entristece y horroriza la manera en que algunos padres gritan a sus pequeños por cosas aparentemente insignificantes. 

Pero también he sido una de esas madres que actúan así en público. He chillado a mis tres hijos con una voz con la que no me reconozco. Les he gritado, y he atraído la cruel atención de los extraños que pasaban por allí. He arrastrado a mi hijo de 4 años por el pasillo hasta el ascensor mientras gritaba para que su hermana se metiera en el baño. A todo esto, las mujeres mayores del portal, se asomaban a la puerta para observar el espectáculo de una mujer que pierde el control con sus hijos.
He agarrado con fuerza sus bracitos para cruzar la calle en mitad del colapso de la gente, mientras alguien me gritaba "¡cálmate!". En esos momentos, lo único que puedes hacer es continuar tu camino de la mano de los niños intentando evitar que no los atropellen y girarte para mandar a la mierda a esa persona. Resulta que cuando somos testigos de estas escenas no vemos lo que hay detrás de ellas.
La ira de los padres no es algo de lo que la gente habla. No produce empatía, sino tristeza o apatía. No es algo pasivo, y su objetivo suele ser una personita inocente. Hay malos padres y buenos padres, aunque con ciertos matices. Los buenos tienen malos momentos, pero no se salen de lo que comúnmente se considera normal. Nadie es perfecto. Todos perdemos los nervios a veces. Pero, ¿qué sucede cuando al perder los nervios cruzamos la línea de la frustración y pasamos a la ira?
No estoy hablando de maltratar a los niños (si sabemos que un menor está siendo maltratado, debemos actuar sin dudarlo dos veces); me refiero a los enfados y a la crispación que muchas madres normales experimentan. Parece que no se puede hablar de ello; resulta demasiado incómodo y arriesgado. ¿Qué pensarían mis amigos si supieran cómo son mis enfados? Si se lo cuento, dirán que no soy una buena madre.
Muchos de nosotros, ante la carga y las preocupaciones por la familia, el trabajo y los hogares (y a menudo sin contar con la ayuda que necesitamos), huimos de la presión sin resolver la situación. Huimos de nuestro pasado caótico y a veces reaccionamos de tal manera que ni siquiera nos reconocemos a nosotros mismos. Nos odiamos por no ser perfectos, por no llegarle a los demás ni a la suela de los zapatos, por no ser como las otras madres.
Y tratamos de sobrellevarlo bebiendo más, comiendo más y durmiendo menos. Hay pocas salidas aceptables para esta sinceridad que no encaja. Montamos el numerito delante de toda la gente, pero el problema nos lo tragamos nosotras solitas. He pasado muchas noches sufriendo por mi comportamiento, por haber perdido el control con mis hijos, y prometiéndome que lo arreglaríamos al día siguiente. Sentía que no merecía ni los hijos ni la vida que tenía.
Empecé a sentir esa ira cuando mi primer hijo nació. Me sorprendían esos enfados irracionales con un bebé al que quería más de lo que nunca había podido imaginar. Y me convencí de que era una mala madre. Pero cuando tuve gemelos 19 meses después, sentí de verdad que esto se salía de lo normal.
Aunque ya había sufrido depresiones antes y después de tener hijos, esas manifestaciones de ira seguían confundiéndome y avergonzándome. Me horrorizaba la forma en que apretaba la mandíbula y cerraba los puños como respuesta al llanto, a los gemidos y a las continuas exigencias de tres bebés. Mis amigas también contaban sus episodios y momentos difíciles, pero el miedo desagradable de que mi situación era distinta pesaba en mi estómago.
A medida que mis hijas y mi hijo van haciéndose mayores (ya van a la escuela), me doy cuenta de que, afortunadamente, soy capaz de hablar de la rabia paternal, pues siento que es algo intrínseco al hecho de ser madre. No es por crueldad ni maldad. Quiero ser una madre mejor; no la mejor madre, y ni siquiera una madre que nunca diga palabrotas. Pero me esfuerzo por comprender que la crianza consiste en ofrecer a nuestros hijos lo que nos damos a nosotros mismos.

Cuando hablo sobre la ira, la depresión y las formas de ser padres, la gente a veces me lanza miradas incómodas o de incomprensión. Pero la mayoría de las veces, veo caras de alivio, que incluso me dicen: "Sí, sé de lo que hablas".

Traducción de Marina Velasco Serrano
Fuente: http://www.huffingtonpost.es/

Mis fantasmas no envejecen

Yo siempre digo que aunque no tengo familia extensa (sólo quedamos mi hermano mayor y yo y vivimos en ciudades distintas) tengo una familia muy intensa. Siendo tan pocos sin embargo nuestro calendario familiar está lleno de fechas señaladas, además los cumpleaños de mis dos seres más cercanos fallecidos son como para olvidarlos: mi madre cumplía años cada 31 de diciembre y mi hermano pequeño el día de los enamorados. En esos días especialmente me siento un poquito más huérfana, huérfana de hermano y de madre. Dos de mis amores incondicionales.


                                           14-2-1969 / 10-11-2012
                                        
Querido hermano:

Este mes ya no cumplirás 45 años y aunque el día de tu cumpleaños (y el de nuestra madre) lo sigo señalando en cada uno de mis calendarios, no sé si por costumbre o por este empeño mío de olvidar lo que me duele haberte perdido y sólo recordar y celebrar lo mucho que tuve contigo, algo que llevo practicando con el recuerdo de mamá lo que hoy ya es casi medía vida.
No sé si esta necesidad mía de vivir rodeada por los que tanto me faltáis y tanta falta me hacéis es buena o mala, no lo sé ni creo que importe, “la costumbre”  del signo que sea, buena o mala es algo que todos tenemos y, sin embargo es muy diferente para cada quien. Las costumbres las hacen primero las familias, luego las remozamos y añadimos las nuestras individuales y esa amalgama la vamos acomodando a las de las personas que amamos, las fusionamos  con otras que inventamos juntos y muchas veces nos agarramos a las primeras y no queremos soltarlas ni cambiarlas porque renunciar a ellas sería como renunciar a lo que queda de nosotros en origen.
Pienso si merece la pena el dolor que se siente al mantenerlas vivas, que sería más fácil esquivar los recuerdos o vedarlos y dinamitar el puente entre el olvido y la memoria pero dejar de reproduciros en  ellos, dejar de sentiros como os siento vivos en ellas,-en las costumbres familiares-, relegarlas sería como perderos a  vosotros de nuevo… mis queridos fantasmas.
Esas costumbres arraigadas, esos recuerdos, son el álbum de la memoria que me recuerda de donde vengo y quién fui, porque en ocasiones me siento tan falta de referencias que me pierdo y esos recuerdos me compensan el dolor que me provoca la conciencia del ya nunca más. Creo que me dolería  aún más dejar de recordar. Al recordaros  siento que tuve la suerte de amar y ser amada por unos seres maravillosos que me enseñaron lecciones imponentes.




No hablamos de ello porque dolía, pero mamá sabiendo que nos dejaba tenía un miedo atroz a ser olvidada, me gustaría explicarle y explicarte, en este mensaje al viento, como en aquella película “Mensaje en una botella” cuando la protagonista le preguntaba a kevin Costner:
-¿Me olvidarás?
Y él responde: “Si, todos los días”.
Pues eso, cada día, todos los días…

Te quiero, os quiero.

Montse: "Odio la escuela"

Otra vez. Cuando ya parecía que íbamos superando ese mal momento de incorporación al colegio volvemos a estar como al principio.

Mi hija no quiere ir al cole. No quiere por nada del mundo. Lo detesta, lo aborrece...o como ella misma se ha encargado de hacernos saber a todos a pleno pulmón, lo odia.
¿Y cómo no va a odiarlo? si hasta yo empiezo a desarrollar hacia él sentimientos de aborrecimiento. Sentimientos por otra parte, que me guardo con mucho cuidado para no añadir más angustias e inseguridades a los que ella ya tiene.

Lo odia porque no se siente integrada. Porque su diferencia la aísla de los otros niños que se van alejando cada vez más de ella a nivel de desarrollo. Porque su carácter, sometido a tantas maletitas como lleva cargando, se lo pone difícil a todo su entorno escolar. Porque las metas académicas son para ella como escalar el Everest en cholas y con un bocadillo de panceta como todo soporte.

¿Cómo no va a odiarlo?

La profesora se esfuerza, pero la veo cansada. A estas alturas del curso la noto ya harta de la batalla diaria con la niña. Y lo entiendo porque puede ser tremendamente disruptiva para el curso de la clase. Pero no me consuela porque no puedo hacer como las otras madres, chasquear la lengua en señal de lástima y marcharme a tomar un cortadito mientras hablo del precio del pan sin volver a pensar en ella.

Y mientras tanto mi hija, apoyada en la pared del cole grita para todo el que quiera oirlo que odia el cole, que los odia a todos...y que me odia a mi. Claro. La que la lleva y la entrega cada día a esa rutina que no soporta. La que busca mil maneras para motivarla, que no funcionan. La que incita a conseguir premios si no llora, o se enfada cuando por enésima vez somos el circo que llega a la plaza del pueblo.

Si, lo reconozco. Me aplasta la mirada de todas esas madres de niños perfectos. Las que nos contemplan murmurando "la pobre", orgullosas de sus niños felices, sintiéndose mejores porque a ella eso no les pasa. Como si tuviesen algún mérito especial que las hace inmunes a la desgracia. Qué ingenuas. Las que me miran con curiosidad por tantas cosas, que ya me agoto de sentirme mirada. Las que sienten doble compasión porque mi niña es adoptada. Encima. "Con lo que lucharon por esa niña y mira..."

Y es verdad. Con lo que luchamos por ella. Creyendo que buscábamos un poco más de felicidad para una vida que ya lo era. Pensando en que ella sería un rayo más de luz en nuestro paraíso de amor.

Igual que todos los padres que tienen hijos, biológicos o adoptivos. Lo mismo que la vecina de al lado, que también luchó por sus gemelos en un duro proceso de reproducción asistida. Y que también vivió la pérdida de uno de ellos, las secuelas del otro.

Lo mismo que las madres biológicas que se encuentran con que su hijo tiene una enfermedad o discapacidad. Con lo que se lucha por ellos, el sufrimiento es brutal.

Yo luché por llegar a ella. Con uñas y dientes. Quizá me obcequé, como creían algunos. Pero yo no lo creo. A veces me pregunto qué estaría viviendo ahora si finalmente no hubiéramos llegado a ella. Y sé con certeza que viviría siempre sintiendo esa ausencia, igual que la sentía antes de tenerla. Pensaría cada día en que me falta algo. Conviviría con ese hueco en el corazón.

Hubo un momento terrible, cuando nuestros pasos acabaron en un hospital infantil, con la niña ingresada de gravedad y sin saber para dónde caeríamos, en que un pensamiento feroz me consumía: ¿porqué me ha pasado esto a mi?

No podía aceptarlo y se me removían todos los principios. Incluso me preguntaba si estaba asumiendo un trágico destino que no me correspondía.

Un día, apoyada en la pared del pasillo, junto a la puerta de la habitación donde la niña dormía, me sentía  inmensamente desdichada. Desesperada y angustiada. Era la hora de los paseítos, cuando los niños ingresados que pueden hacerlo salían al pasillo un ratito, o bajaban a la sala de juegos. Una planta de neurología infantil no es un patio de colegio. No abundan los niños que corren y saltan. Y vi a las otras madres, a las que después llegaría a conocer y apreciar, cuidando de sus hijos. Con la mirada rota y la sonrisa puesta. Jugando a llevarlos subidos sobre la percha de los sueros, convertida en un patinete para ellos. O contando chistes. O cantando.

Todos ellos eran biológicos.

Y de pronto algo cambió dentro de mi. Fue como si una pieza que no acababa de encajar en mi corazón, lo acabara de hacer de repente.

A mi no me estaba pasando nada. Era a mi hija a la que le estaba sucediendo aquella terrible enfermedad. Era ella la que sufría, la que viviría con esto toda la vida. La que debía pelear y la que más sufría. Mi hija. Y la pregunta que me mortificaba cambió: ¿Porqué le tiene que pasar esto a ella?

Quizá no le esté explicando bien, porque fue algo definitivo e inmenso para mí. Creo que durante un tiempo sentí que el hecho adoptivo era el culpable de toda la infelicidad. Y aunque nunca rechacé a mi hija, porque la amaba profundamente, si sentía alrededor de el tema adoptivo un rencor difícil de explicar. Aquel día de pronto, sentí profundamente, que la injusticia no era que me hubiera tocado una hija enferma. Si no que MI HIJA hubiera enfermado.

Igual que todas aquellas familias biológicas estarían sintiendo en esos momentos.

Ese fue el paso definitivo para anudar los vínculos afectivos que nos unen como madre e hija.
Un momento trascendental que además, creo que ella también sintió, porque después de un periodo de adaptación largo y complicado, la niña comenzó por fin a acercarse de verdad a mi. A reconocerme como madre y a confiar ciegamente.

No es la mejor manera, os lo aseguro, pero al principio de la adopción con la niña ya en casa, un profesional me dijo una vez: "Os vinculareis realmente cuando la niña esté enferma alguna vez".

Quien iba a imaginar que sería de una manera tan intensa.

La autora de este escrito es mi referente como madre luchadora, dulce y firme a la vez es mi guía en muchos momentos y la persona que me nutre de estrategias cuando a mi se me agotan.
Esta  entrada la ha escrito Montse para su magnífico blog enesteprecisoinstante que os animo a que leáis. Me gustó tanto -como todo lo que ella escribe- y trasmite tantas cosas esenciales que enseguida que lo leí le pedí si podía compartirlo en alotroladodelhilorojo a lo que se brindó gustosamente.
Gracias Montse, por estar ahí y de forma tan valiente.

¿Estamos preparados para educar?

"Hoy aceleramos y coartamos el desarrollo en algunas etapas. Por ejemplo, aceleramos el aprendizaje de la lecto-escritura que debería ser a los 7 años y no a los 4-5 como está sucediendo ahora, y sin embargo no les permitimos crecer porque les tenemos demasiado vigilados y no les dejamos experimentar ni subirse a un árbol."

En el caso de adopción: "El niño debe sentir que su vida es acogida por una familia de adopción que mira con respeto el hecho de que su vida biológica llegara a través de otras personas, con unas determinadas circunstancias sin penalizarlas."  

En un café con MAITE RODRÍGUEZ ESTÉVEZ

Una entrevista de PALOMA ROSADO para  elhedonista.es.

Maite Rodríguez Estévez 
Maestra y pedagoga por vocación, después de un viaje a América entró en el campo de la cooperación al desarrollo donde trabajó varios años en una ONG. Pero la vida le tenía preparado un “regalo”. Las dificultades de aprendizaje y desarrollo de sus hijos le hicieron regresar a la educación “para resolver cuestiones domésticas”. Así empezó a estudiar, observar e investigar a través de ellos conductas y terapias y, fascinada por lo que iba encontrando, lo transformó en su nueva forma de vida. 
Maite Rodríguez Estévez evalúa, trata y mira de una forma positiva la dislexia o el déficit de atención aportando soluciones e invita a cambiar a padres y educadores a través de cursos y charlas. Su formación generalista y sus especialidades –terapia visual y terapia familiar sistémica- le conceden una visión aguda y creativa capaz de leer de modo novedoso las escenas relacionales que se dan en las familias.

¿Están felices y motivados nuestros niños hoy?
Siempre resulta arriesgado generalizar porque hay iniciativas educativas muy interesantes en España, y sobre todo sigue habiendo grandes maestros vocacionales que tratan de motivar y hacer felices a nuestros hijos en la escuela, pero lo cierto es que se trata de iniciativas concretas y puntuales. El sistema escolar, la legislación, la administración y la competencia entre centros pone más el acento en otros aspectos del curriculum (y en un entendimiento muy lineal de la educación), quedando la motivación y la educación emocional en un tercer plano.

¿Qué les falta y les sobra nuestros hijos?
Les falta tiempo para jugar, tener a sus padres cerca, pertenecer a familias más amplias, mantener experiencias reales y vida propia, conseguir la posibilidad de desarrollar sus talentos… y les sobra tiempo de hacer deberes, de jugar a “maquinitas” o de ver la televisión SOLOS. Les falta la tranquilidad de sus familias y les sobra el estrés de los trabajos y las vidas ajetreadas de los adultos.
Porque sobre las tareas del cole opinas…
La vida de los niños está demasiado escolarizada. Los padres están demasiado pendientes de los deberes y los resultados. Con el agravante de que lo que los niños hacen en casa es lo mismo que en la escuela, cuando lo que tendrían que hacer es practicar en la vida lo aprendido en el aula. Los deberes de matemáticas no deberían ser fichas sino por ejemplo una propuesta para adaptar una receta de cocina para el número de  miembros que hay en casa.

Me suena a ciencia ficción
Suena a ciencia ficción porque nos hemos empeñado en que educar es acumular conocimientos, algo que está pasadísimo de moda cuando a golpe de Google tenemos toda la información que queramos. Lo importante no es tener los conocimientos, es saber llegar a ellos. Los profesores de secundaria se quejan de que los chavales no saben pensar, ni hablar en público, ni argumentar… y yo me pregunto ¿cuándo se les enseña a eso?

Ummm…
El otra día una profesora de filosofía me contaba que había enseñado su materia a base de contraargumentaciones. Había un chaval que se quejaba de que no se creía lo que tal o cual filósofo proponía y ella se dedicó a preguntarle “¿en qué no estás de acuerdo?”. Y el chaval aprendió las principales líneas de pensamiento a través de su propio juicio. Ese es el verdadero aprendizaje, el que llega por lo que hemos interiorizado. Y por ahí deberían ir los deberes.

¿Estamos adiestrando a los niños en lugar de educarles?
 En algunos casos y contextos sí. La psicología conductista y los modelos de control de conducta son adiestramiento pero en paralelo debería haber una interiorización que no siempre se da. El primer punto general hacia el que se debería tender es hacia la potenciación del desarrollo natural de los niños.

¿Cómo es el desarrollo natural de los niños?
Hoy aceleramos y coartamos el desarrollo en algunas etapas. Por ejemplo, aceleramos el aprendizaje de la lecto-escritura que debería ser a los 7 años y no a los 4-5 como está sucediendo ahora, y sin embargo no les permitimos crecer porque les tenemos demasiado vigilados y no les dejamos experimentar ni subirse a un árbol. En esos casos les sobreprotegemos. Pero, al mismo tiempo les dejamos las ventanas del televisor o de internet abiertas a cualquier hora y en cualquier canal. Y ahí se acelera el desarrollo respecto a su capacidad de poder asimilar lo que está viendo, porque ve muchas cosas a las que no sabe dar significado. En este sentido hay mucha sobreestimulación visual.

¡Uf! Qué difícil parece tener el control sobre todo ello
Además los padres deberían aprender a distinguir entre lo que el niño “no puede” y lo que “no quiere”.  Porque si no puede hay que rebajar el nivel de exigencia y manejarse allí donde el niño es capaz de llegar. Los adultos tienen que acompañarle INDIVIDUALMENTE en ese viaje del desarrollo, sin comparar, y descubrir si existen dificultades motoras o visuales.

¿Por ejemplo?
Hay niños que no perciben el espacio porque no tienen visión binocular, no tienen visión en estereo y se tropiezan constantemente o tienen problemas en la marcha cruzada o para bajar las escaleras… Esos niños en el patio del colegio caminan por el borde, los límites, y no se lanzan al centro del patio. Cuando hoy un niño varón de 5 años te dice “no me gusta el fútbol” está diciendo que no es bueno en ese juego, que no consigue que sus compañeros le acepten en esa faceta y entonces decide que no le gusta. El fútbol es un elemento de socialización, como podría ser el baloncesto o la comba, pero hoy cuando pasa eso suele indicar que el niño tiene una dificultad motora para jugar. Y ahí habría que intervenir con una estimulación.

¿Estimular en lugar de etiquetar?
Es muy importante no etiquetar, no comparar con el desarrollo de los hermanos anteriores y potenciar aquello en lo que el niño es bueno, da igual que tenga que ver con lo escolar o no. Un niño que tiene dificultades de lecto-escritura y va al logopeda pero también es un gran pintor tendría que poder recibir clases de dibujo al menos en la misma proporción que clases de logopedia, porque si sólo va al logopeda lo que el niño recibe es que “no sabe” y que sus padres tienen que “parchear” lo que él no consigue hacer bien.  El problema hay que tratarlo pero no a costa de potenciar sus habilidades y su autoestima. Es importante que el niño note que sus padres ven lo bueno que él tiene y que lo valoran.

¿Es cierto que nos relacionamos con nuestros hijos a través de las potencialidades y/o carencias de nuestra propia infancia?
A menudo es así. Que los padres entiendan su propia trayectoria, las limitaciones a las que han tenido que enfrentarse en su infancia clarifica mucho posibles proyecciones. Hay veces que yo me encuentro con padres que me dicen “claro, yo también era disléxico y al niño le pasa lo mismo que a mí”. Y yo les digo “vale, serías disléxico pero no tonto. Y tal vez tus padres no llegaron a ver tus riquezas, pero seguro que tú identificabas en ti capacidades que se vieron tapadas por el diagnóstico”. Y cuando les digo esto, más de uno se pone a llorar. Porque a ellos les hacían ver y pensar que eran casi inútiles y sufren ahora temiendo que a sus hijos les vaya a pasar lo mismo. Por eso les hablo de la oportunidad que tienen de no repetir la historia sobre-corrigiendo los errores, por ejemplo.

¿Cómo?
Cuando un niño está leyendo en voz alta y lee “lodo” en lugar de “lobo” y se le corrige una vez y otra, con otra palabra y de nuevo una tercera… no se entera de lo que lee. Y encima los adultos vamos y le pedimos que haga un resumen. ¡Pero él no ha podido hacerse una película mental de lo leído, no le hemos dejado!

¿Y qué habría que hacer?
Dejarle que lo leyera, con sus medio errores, porque probablemente él se corregiría alguno. O si es necesario nosotros se lo podemos leer primero entero y luego que lo haga él pero partiendo siempre del nivel de desarrollo del niño, no de su edad.

¿Qué situaciones se repiten en tu consulta?
Problemas de fidelidad y protección de los niños a los padres. Me explico. Cuando los padres proyectan las dificultades de su infancia en sus hijos, los niños por fidelidad actúan de modo similar a como lo hicieron sus progenitores. Por otro lado, es muy frecuente que los niños estén muy preocupados por los padres cuando les sienten estresados o superados. En esos momentos –si no lo hemos hecho antes-, los adultos tenemos que tener fuerza interior, tomándola de nuestras raíces y de nuestro sistema familiar, para poder entregársela a nuestros hijos. Y todo esto en un clima de respeto a uno mismo, al otro y a la pareja, incluso cuando hay una separación. Es importante que cada progenitor pueda proyectar la maternidad y la paternidad en la misma dirección, aunque tengan diferencias personales. El hijo necesita que la madre respete al padre y que el padre respete a la madre, estén juntos a separados.

¿Cómo es este esquema en caso de adopción?
En este caso algunos padres, pensando que están salvando al niño de una situación dramática, le despojan de su propio respeto y dignidad al pensar que ellos le han salvado de quienes le dieron la vida. Es fundamental el respeto a los padres biológicos para que el niño sienta que se respeta su biografía, algo que se manifiesta con fuerza en la adolescencia. En esa etapa si no se sienten respetados y dignos por su familia de origen a través de la familia de adopción vienen los problemas. El niño debe sentir que su vida es acogida por una familia de adopción que mira con respeto el hecho de que su vida biológica llegara a través de otras personas, con unas determinadas circunstancias sin penalizarlas.

¿Qué es lo que no deberíamos olvidar los padres?
Que es importantísimo hablarles de lo que hacemos y sentimos, contarles que estamos alegres o tristes y por qué, enseñándoles a gestionar las emociones, lo que no significa paralizarla ni guardarla, sino hablarla y canalizarla bien. Tenemos que encontrar cada día un rato, aunque sea de 10 minutos al margen de lo operativo o lo funcional, simplemente para estar, hablando o no, pero estando presente.

Porque además entiendo que los hijos ahí nos pueden enseñar cosas ¿no?
¡Permanentemente nos dan cada perla (se ríe)! Ellos ven lo evidente y nosotros no porque siempre estamos proyectados en el pasado o en el futuro mientras ellos ven el presente, lo que es.
Y cuando los niños van creciendo…
A ese respecto a mí me preocupa muchísimo el estrés que tienen los alumnos de bachillerato. No es normal. El nivel de chicos que quieren abandonar los estudios antes de acabar, sin ser malos estudiantes, no es normal. Luego suelen seguir pero tomando cafés sin parar y estudiando de modo compulsivo… y memorizando para seguir un modelo que no tiene nada que ver con el que se les impone cuando entran en la universidad. Es de locos. Pasan de asignaturas muy cerradas con exámenes en los que se lo juegan todo a una carta, a cuatrimestres con muchas asignaturas, prácticas y trabajo en equipo. Y en bachillerato de trabajo en equipo nada o casi nada.

Bueno, hablaremos con el Sr. Wert
No me hables porque el preámbulo de la LOMCE es para ponerte los pelos de punta. Aparece la competitividad una y otra vez cuando en un país la educación debe perseguir que las personas sepan convivir y no competir.

Un modelo que no funciona, niños con TDHA…?
Te quiero contar algo importante. Cuando tenemos un diagnóstico de un niño no debemos pensar que eso es una foto fija. Tenemos una etiqueta administrativa que puede servir para gestionar apoyos pero no es una foto fija de lo que le pasa al niño y lo que le va a pasar. A partir de ese diagnóstico yo tengo que ver cómo puedo organizar la enseñanza para que el niño pueda aprender. Porque no hay problemas de aprendizaje sino de enseñanza. El niño puede no aprender con una metodología determinada pero sí adaptándola. Y me refiero a la dislexia, el déficit de atención, los trastornos generalizados del desarrollo… son cuestiones que necesitan una adaptación metodológica para poder trabajar mejor e impulsar su desarrollo. Debemos medicalizar solamente en caso extremo porque estamos tratando desde el punto de vista médico cuestiones que se deben tratar dentro de la vida de la persona. No podemos tener niños medicados desde los 6 hasta los 18 años que encima asocian que esa medicina es la responsable de que consigan tener éxito. “Me tomo la medicina y en el cole me dicen que lo hago bien…” piensan y a mí eso me parece que entraña unos riesgos tremendos, por ejemplo en relación a promover perfiles adictivos.

Para acabar de modo semejante a cómo empezamos,  ¿cómo podemos impulsar a nuestros niños a ser felices?
Dejándoles jugar, manipular, salir a la calle… Si están enchufados a “la maquinita” y la tele, revisemos nuestras actitudes, seguro que nosotros les hemos llevado hasta allí de alguna manera (¿por comodidad?), sin olvidar que el refuerzo positivo de la máquina es muy directo: el niño recibe puntos y tiene el fin de llegar a la siguiente pantalla. Los padres son los que tienen que dar un refuerzo positivo a los niños cuando se sale al parque o a la naturaleza y estar con ellos. Además es importante fomentar una red importante de amigos y destacar las habilidades que el niño posee. Descubramos los talentos de cada niño y potenciémoslos. Así se van a sentir capaces. Pueden aprender las letras desde la pintura y las matemáticas desde la música, por ejemplo. El éxito llama al éxito.

¿…Y a nuestros adolescentes?
Los adolescentes necesitan unos padres fuertes, con vida propia, que sepan disfrutar de ella. El adolescente estará en contra de todo pero necesita ver que sus padres “fluyen” en trabajo o en su ocio. Y por supuesto los extremos de sobre-protección o abandono dificultan el sano desarrollo del adolescente. Hay que ir soltando la cuerda para que ellos aprendan a confiar en sí mismos a través de la confianza que reciben de sus padres.

Pues ahora no sé por dónde empezar
Mira, lo importante es que tenemos la felicidad cotidiana al alcance de nuestra mano. Para ello hay que vivir en el presente, confiados y de forma positiva.

Elena: Una segunda paternidad/maternidad adoptiva.

http://sonandocuentos.blogspot.com.es/2013/06/audiocuentos-rata-tomasa-y-tom-raton.html
No sé si es aquí donde tengo que escribir, ya me dirás.
Tendría muchos temas que abordar pero hoy lo que quiero es hablar sobre una segunda paternidad/maternidad adoptiva.
Nosotros somos padres de un niño de origen ruso que ahora tiene nueve años. Llevamos en trámites para una segunda adopción desde octubre del 2009, y supuestamente este año será el año, aunque esto nunca se sabe. Esta nuestra segunda espera ha sido muy diferente de la primera. Ahora no ha habido ansiedad ninguna, ni agobios con las esperas, y eso que esta está siendo infinitamente más larga que la primera. Pero tenemos un hijo al que atender, miles de cosas que abordar con él antes de que llegue a la temida adolescencia, deberes, etc...qué os voy a contar.
http://vanesa-locusamoenus.blogspot.com.es/2012_11_13_archive.htmlCuando empezamos con la tramitación de la segunda adopción, lo hicimos porque evidentemente queríamos volver a ser padres, no queríamos un hijo único, y aparte darle un hermano a nuestro hijo, él también lo pedía y lo sigue pidiendo continuamente. Evidentemente esto último no puede ser el principal motivo, sabemos que los niños muchas veces fabulan con la idea de un hermano, y piensan que será maravilloso , y luego la realidad es otra.
A medida que ha ido pasando el tiempo, no nos hemos arrepentido de la decisión, pero confieso que me da miedo. No me daba la primera vez, porque no sabía nada de lo que sé ahora, nada de apego ni vínculo ni efectos del abandono...Nada de la necesidad de acompañamiento tan intenso que tienen nuestros hijos...Y ahora pienso en otro hijo adoptado y me da miedo. Miedo a poder con los dos, a asistir las necesidades de los dos: las del que viene, totalmente desamparado y que hay que hacerle la ITV y luego seguir con lo demás, y la del que ya está en casa para que no se sienta menos, siga luchando y sigamos luchando por seguir adelante con lo que nos traemos entre manos, y se vincule bien con su hermano o hermana. 
http://www.kireei.com/jill-barklem/

Me da miedo que todo lo que llevamos construído se vaya al garete, porque el que venga tenga unas necesidades con las que no contábamos, o que la relación entre los dos niños sea tediosa, por el motivo que sea. Esto puede pasar también en las familias biológicas pero ya sabemos que en el caso de los niños adoptados es diferente, todo adquiere una intensidad del cuádruple y los motivos son mucho más profundos.
Evidentemente, después pienso que merecerá la pena, y que todo en esta vida tiene un riesgo, pero eso no hace que me siga dando un poco de miedo...

Elena

Gracias por este escrito, por compartir ese miedo, por describir en cuatro pinceladas y tan bien la espera del primer hijo, ansiedad, agobio, otra clase de miedo, tal vez el de ahora es más consciente, sabes más y conoces la adopción desde el otro lado. Un segundo hijo es una decisión valiente, y tu lo eres y mucho, porque valiente no es el que desconoce el miedo, sino aquel que conociéndolo y sintiéndolo sigue adelante. 
Gracias, un millón de gracias por usar este rincón y enriquecerlo con tus sentimientos tan sinceros.
Mercedes

Speaker corner

Este blog quiere ser de utilidad, un punto de encuentro, una ventana o un pulmón, para quienes quieran o necesiten ser "escuchadas", hay muchas madres que no tienen blog, o creen que escribir no se les da bien... Pues yo les presto el mío y les animo a que hagan la prueba, no se trata de un rincón literario, se trata de un "speaker corner", una esquina para hablar, para compartir, si no  contáis lo que sentís al respecto, si no escribís con vuestras experiencias el alotroladodelhilorojo se seca. 
Hablaba en serio cuando abrí un rincón para daros voz, si no me acompañáis con vuestros comentarios, si vosotras no necesitáis expresaros o no os apetece hacerlo aquí, este blog no servirá de mucho y me gustaría que pudiera ser un rincón de encuentro o una salida para vuestras emociones buenas o regulares o peores, hay quien se guarda sus miedos y no saben lo que libera el sacarlos de dentro aunque sea de manera anónima. 
Lo importante no es como esté escrito ni por quien, lo fundamental son las emociones el sentirse acompañado o "escuchado". 
Ese rincón "trasmitiendo- compartiendo" os está esperando. Y así este blog sería verdaderamente un lugar de encuentro, un lugar con una razón de ser y de existir.

La soledad de nuestros hijos.

Hace poco me topé con una sentencia brutal de esas que te encuentran el epicentro y lo aporrean:
“¿Qué es sentir Soledad? La toma de consciencia de la carencia de amor incondicional.” R.Montes Coronado.
Ahí es nada. He conocido a gente que decían sentir una soledad irreparable y hasta no hace mucho no lo entendía. Tenemos familia, amigos y amores momentáneos, aunque esos momentos duren veinte años, pero existe la soledad en compañía, la soledad de dos seres (o más) viviendo bajo el mismo techo, la soledad de un actor/actriz o cantante super famos@ que “nunca está sol@” y de pronto decide quitarse la vida reventándose el hígado o las venas.
Esa soledad insalvable es la que se siente cuando alguien se percata de que no es de verdad- y fuera de dudas o conveniencias-, amado incondicionalmente.
Hay gente que subsiste a pesar de estar de excrementos hasta el borde, hundido en porquería y no sucumbe porque estira la mano y sabe que hay una persona que sin pensárselo va a tirar de él…. Porque le quiere…y lo hace incondicionalmente.
Nunca para esa persona él será nadie, al contrario será la persona más importante, por quién es capaz de todo, de darlo todo, de hacerlo todo.
En un mundo ideal esa persona suele ser una madre.
Yo lo sentí así mientras la tuve, mis problemas eran la mitad con tan sólo contárselos, nunca me sentí sola, nunca me sentí nadie. 
Cuando murió estaba yo en la edad de otros amores pasajeros  aunque estuvieran a mi lado doce años más. 
El corazón es como aquel tarro de aquel maestro que lo puedes llenar de muchas cosas diferentes con distintos pesos específicos: piedras grandes, chinorros o arena.
Lo que sucede es que cuando el corazón se queda con esos huecos importantes luego lo ocupan muchas cosas pero esa seguridad que te ofrece el amor incondicional, con su peso específico ya no lo sientes nunca más de esa manera. Que sí, que tal vez con suerte lo llenes de amores fundamentales, de perennes íntimos amigos  pero ¿tan incondicionales?
Benedetti hablando de ausencias escribió “Aún en las mejores y conquistadas alegrías, sobreviene de pronto un vacío y nos quedamos taciturnos, solos, tiernamente desolados”. 
Si lo has sentido, si te ha pasado, creo que entenderás a qué me estoy refiriendo.
Todo esto me ha servido para entender y tratar de asimilar, no sólo ese sentimiento de orfandad que me persigue desde la muerte de mi madre y que renové  al morir mi hermano pequeño, sino además para entender un poco el corazón de los niños que son abandonados por quien se supone tenía que brindarles ese amor incondicional del pase lo que pase.
Ellos no saben cómo se llama, porque en su vocabulario no existe la palabra soledad, aunque la que han debido de sentir es imponente.
Ese desamparo   absoluto multiplicado por el llanto desoído, esa necesidad perentoria no atendida, tuvo que hacer mella desde luego en su cerebro ,-como tantos estudios lo confirman-, pero la traba sentimental que les produjo y que tiene nombre lacerante “herida primal” (Nancy Newton Verrier) es la que impide y entorpece la formación del vínculo con sus padres adoptivos pese a su resiliencia y sus ganas de amar y de sentirse amados, por eso les cuesta tanto realizar el apego, porque este se crea a partir de que se está seguro de que la otra persona estará ahí incondicionalmente, siempre, porque  su experiencia tremenda les ha creado la impronta de la no incondicionalidad y les ha dejado una profunda desconfianza y dependiendo de esa huella  más o menos honda les va a costar el fiarse de alguien, el construir un vínculo seguro.
Probablemente ellos no recuerden conscientemente el miedo y el desamparo de sentir hambre o sed o estar mojados o escocidos o con gases y que nadie atendiera su llanto o cubriera su necesidad o ahuyentara sus miedos. 
Pero sentir ese vacío materno, ese silencio ensordecedor tras un llanto descorazonado se les tuvo que instalar en el corazón y lo hizo para quedarse. Yo he visto niños casi bebés auto consolándose, meciéndose a sí mismos, en un estremecedor afán de sentirse consolados.

Sentir una soledad así deja un hueco tan hondo en un corazón tan pequeñito que es muy difícil  repararlo de esa tristeza, de esa triste herida que les resquebrajó el alma y la confianza.
Seguro que entenderlo no resulta complicado, lo difícil  es llegar a curarla y desalojar su desconfianza. 
Tal vez sea difícil convencerles de que el nuestro es un amor incondicional, pero tal vez acaben por asumir que de todas todas es sincero. 
“La sinceridad de la tristeza suele nutrirse del amor; la sinceridad del amor suele nutrirse de la alegría”. (Mario Benedetti)…