Celebrar el compartir.

Hace un año vio la luz “Mariposas en el corazón. La adopción desde dentro”. Un libro que en realidad es la reflexión que cinco mujeres hemos hecho de nuestra maternidad adoptiva, en el que partiendo de un objetivo común: ser madres, cada una de las cinco volcamos nuestra experiencia poniendo énfasis en lo que más nos marcó  en nuestra lucha por conseguirlo.

Ser madre y sentirse madre son cosas diferentes, quien adoptó lo sabe. No es un juez o una administración la que te hace sentir madre de un niño que no ha nacido de ti. Eso queda patente en el libro, en cada historia. Está claro que son ellos, los niños y tú misma la que conquistas ese sentimiento, en ellos –si se dejan- y en ti, y  sientes que has llegado a conquistarlo cuando un buen día (no importa el tiempo que pase), te das cuenta de que todo en ti respira y emana maternidad. Técnicamente se dice que el vínculo se ha consolidado. Pero de tecnicismos están las familias adoptivas llenas y lo que más necesitamos es que nos ayuden a explicar y a entender las emociones que experimentamos esas personas de carne y hueso que pasamos por mor de la adopción de la sublimación a la realidad cotidiana.
Particularmente lo que más me costó fue vincularnos entre nosotros. Siendo como son ellos y yo personas cariñosas de formas y ávidas de cariño, sin faltar muestras de ternura y afecto, había una cosa que me costó mucho percibir en ellos: el sentir que de verdad les importaba. Sus palabras de cariño eran caricias necesarias, pero más allá de los besos, que aprendieron a dar conmigo yo necesitaba sentir que para ellos era algo más que una jefa de suministros o un facilitador, ambos son supervivientes y ambos tienen muy bien desarrolladas desde muy chicos las habilidades sociales necesarias para sobrevivir, y siendo consciente de la relevancia que ello tenía y admirándoles por eso al mismo tiempo, era eso mismo lo que me hacía sentir un vacío de contenido afectivo (que no afectuoso).
Hoy miro hacia atrás y sé exactamente el punto de inflexión donde todo empezó a cambiar. Lo volqué en el libro porque sé que muchas madres se han preguntado las mismas preguntas que me hacía yo y están tan asustadas como lo estaba yo entonces…

Uno de esos momentos en que sabes que se produce un avance en este sentido, un enorme paso, sucedió una tarde en que estábamos los tres en el parque y los niños andaban jugando en los columpios. Yo, que me estaba quedando fría, empezaba a resentirme de la garganta, así que busqué con la mirada algún sitio donde diera el sol y estuviera resguardado del viento que soplaba frío pese a lo brillante del mediodía. Localicé un parterre resguardado del viento y al que le daba el sol, un poquito más allá de donde jugaban ellos. Cuando iba para allá de pronto mi hijo se bajó del columpio y vino corriendo llamándome:

– ¡Mamá! ¡Mamá! ¡No te vayas, mamá!
–Pero si no me voy.
–Ven, ven, mamá. Ame la mano –y me condujo al banco más cercano a donde ellos estaban jugando–. Séntate aquí, mamá, ¿vale?

Y allí me quedé, helada de frío, pero con el corazón calentito, flotando en una nube, creo que en el rincón más umbrío y ventoso de todo el parque…

Lejos quedaron aquellas veces que en ese mismo parque mi hijo recién llegado y con paso inestable echaba a caminar justo en dirección contraria adonde estuviéramos, como si quisiera huir de nosotros y de todos sin mirar hacia atrás ni contestar, por muchas veces que le llamáramos. Al final no había más remedio que correr «atraparlo» y traerlo a regañadientes enfadado y berreando.

Poco a poco su actitud iría cambiando. Había empezado por pedirme que no me fuera sin él a la calle o a buscarme por la casa y traerse los juguetes adonde yo estuviera para estar conmigo. Hacía tiempo también que ya no se iba con cualquiera indiscriminadamente como al principio, diciéndome adiós con la mano como para que me fuera y lo dejara con quien quisiera que en ese momento le hubiera tomado en brazos.

Ese día del parque hacía más de un año que estaban conmigo y fue la primera vez que sentí que mi hijo necesitaba que estuviera allí, cerca, mirándole. Ese nuevo momento de pertenencia que vivimos dio paso a otras muchas señales que indicaban que en sus corazones también empezaba a germinar ese amor substancial y necesario.”

(Ni mudable ni provisional. Mariposas en el corazón. La adopción desde dentro.)

Recordar todo esto y compartirlo es mi manera de celebrar con quien lea esto, ese libro y todo lo que significa y contiene. Un libro que el día de mañana ayudará a nuestros hijos a entender nuestra historia y tal vez un poquito más a sus madres, un libro que me ha ayudado a ordenar emociones y sentimientos, a naturalizar muchas etapas que hemos tenido que superar y del que me siento muy orgullosa, porque es el primero que trata de adopción desde dentro, sin teorías ni tecnicismos, solo sentimientos, los de verdad, los de sentido positivo por supuesto, pero los dolorosos también. Como la vida misma, adopción en estado puro. 

Celebrar la vida juntos.


Querido hijo , querida hija, esta noche cuando os de el beso de buenas noches, el penúltimo del día, ese que os doy cuando estáis dormidos justo antes de acostarme, os diré otra vez a cada uno al oído y bajito “te quiero, para siempre”, y digo el penúltimo porque a veces cuando en plena noche me despierto, por la razón que sea, siempre me paso a observaros dormir, los dos tan sosegados, aprovecho ese sueño profundo que tenéis casi siempre para cubriros de besos, besos que sé que vuestro corazón y vuestro cerebro recoge, no ya y sólo por resarciros del tiempo sin arrumacos, sino de manera egoísta también por todo el tiempo que yo estuve sin poder disfrutaros.
Este mes cumplimos años juntos, años desde que nos conocimos, y después celebraremos también el aniversario desde que por fin empezamos a vivir todos juntos.
No sé quien, ni en donde, si en Kazajistán o en el cielo, -si es que existe más allá de vuestros abrazos-, decidió que estaríamos juntos. No sé qué casualidades nos congregaron aunque soy muy consciente de las causas que nos han reunido, esas cuyas emociones hemos tenido todos que trabajar, que dejar aflorar, y con las que hemos aprendido a convivir - las heridas emocionales tienen cicatrices tan grandes que a veces supuran o se abren sin avisar-,para llegar a ese punto mágico en el que todos nos encontramos bien.

Mi querida hija, sí,  ya has vivido la mitad de tu vida con nosotros, a ti te ha costado todo un poco más, a nosotros contigo menos. Tu forma de ser, tus experiencias, y las que no has tenido, tu yin y tu yang, la ingenuidad que habita en ti y que se escapa delatora por el rabillo de esos lindos ojos de almendra tostada dulce, han sido las constantes de nuestro viaje juntos. Cada vez que te miro me siento orgullosa y sorprendida  de la armonía de tu belleza. No deja de conmoverme tu devoción, tu necesidad de abrazos, esa avidez de cariño que no sacias nunca, todas las cosas que te configuran hacen de ti alguien esencial.  Ahora estás empezando a mirarme a los ojos a la misma altura y eso me permite descubrir muchos matices nuevos que aparecen en ti, que ya están aflorando que tú también estás descubriendo y que muchas veces ni tu ni yo sabemos recolocar. A veces pienso que cada uno de los rasgos del carácter de las personas es como una prenda de vestir que tenemos en el armario de nuestro interior, que si de pequeños asoma una manga apuntando maneras, en la adolescencia descubrimos que todas son talla XL y que es a lo largo de la vida con mayor o menor fortuna que vamos entallándolas, a veces zurciendo otras haciendo encaje de bolillos, para ataviarnos  a medida con las habilidades que vayamos necesitando.  Tranquila, tu fondo de armario es todo de alta costura.

Mi pequeño saltamontes, sigues queriendo ser mi bebé y eso me encanta, espero que te dure mucho porque siempre vas a ser mi “niño chico”, pero en cada abrazo ya beso la cima de tu cabeza sin apenas tener que agachar la mía y me estremece lo rápido que ha pasado este tiempo, sin duda también ese estremecimiento me lo provocan esos abrazos a los que tengo adicción y en los que vuelcas toda tu dulzura; invariablemente, cada vez que me abrazas pegas tu oreja a mi cuerpo, -hace poco a mi ombligo pero ahora ya llegas a oír mi corazón acompasado al tuyo-, y abrazado a mí te demoras unos momentos,  como si ese abrazo fuera un oasis en tu vida. Y tú mi torbellino eres en ese gesto, la persona que más paz me trasmite.

No sé si el abuelo de la luna, o el destino enredado como un ovillo de hilo rojo nos eligió , pero sí sé, mi querida familia, que yo os elijo cada día, que me levanto y acuesto por vosotros, por los tres, que disfruto más si lo que hago lo comparto con vosotros y que sois la causa de  todas las emociones que me invaden cada día, hasta nuestras guerras y guerrillas -que las hay y muchas porque la vida es dura y las reglas incómodas-, porque con ellas hemos aprendido a renovar los pactos y a firmar compromisos, y cada día (es lo bueno de vivir donde lo hacemos) siempre siempre sale el sol.

Es nuestro aniversario, celebramos el que para todos la vida dio un giro no por esperado menos sorprendente y pasamos a formar parte indivisible e incondicional de la vida de cada uno. Festejamos el aniversario del nacimiento de nuestra familia. Como todos los nacimientos fue un milagro. Nuestro milagro.

Os quiero hasta Kazajistán y volver, porque hasta que conseguimos tener lo que hoy celebramos, para mí Kazajistán llegó a estar mucho más lejos que la luna y el sol. 

De septiembre a septiembre.


Desde aquella noche, cuántas veces le he preguntado al viento qué hacer en cada decisión importante de mi vida, en cada proyecto, en cada fracaso. Cuanta pena contenida en ese vacío que notas cuando miras alrededor y apenas queda nadie que te sostenga, alguien tan del todo incondicional con toda la paciencia y sin apariencias con quien compartir si o sí las penas y también las risas, las propias y las de mis propios. Esas pequeñas y grandes cosas.
Cuánto daría por saber qué piensas de mí ahora que tengo la edad con la que te marchaste. Con tu serena sabiduría, qué me ayudarías a perdonarme y qué me animarías a hacer... Tengo también millones de "no hagas esto" que dejaste en mis oídos cuando niña y adolescente y que ahora ya no son tuyos, sino míos, y me toca recibir con  el mismo tono de fastidio los  “vale mamá lo que tú digas” y oigo a mis hijos con mi voz y mi postura de entonces y no te busco porque te llevo dentro, ahora soy madre como tú y te tomo el relevo en la rutina de este a veces ingrato trabajo de educar y te comprendo, ahora sí, desde este lado de la orilla, sí. Y la tuya es una de esas ausencias que crecen, porque te sigo necesitando, aunque últimamente me paso  la vida reencontrándome contigo, en el espejo, desde donde me miras, -cada día nos parecemos más-, en el reflejo de las pupilas de mis hijos que me miran para bien y para mal de la misma manera en que yo solía mirarte, a veces como si te tuviera una manía infinita, y otras con toda la sublime admiración que un hijo puede sentir por su madre. Y es ahí donde más te añoro, porque siento el vértigo de la responsabilidad y tengo miedo a no ser digna de esa devoción todavía infantil, como si fuera una impostora que recoge un premio que no le corresponde…Tu lo hiciste lo mejor que supiste pero no parecía que tuvieras que esforzarte y a veces a mi ¡me cuesta tanto!
De septiembre a septiembre, otro año a sumar de los que he vivido sin ti. Más de media vida con ese sentimiento de orfandad, de soledad no consentida, el hueco que dejaste no se llena con nada. Llevo más vida sin tenerte a mi lado –físicamente-, que la que pude disfrutar contigo, de ti. Y me pilló por sorpresa aunque era una partida anunciada . Sucedió una noche de las primeras de otoño que aquí siguen siendo noches de verano…
23 de septiembre 1988

Una noche de verano
—estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa—
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a su lecho
—ni siquiera me miró—,
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme,
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón,
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!.

ANTONIO MACHADO

Campos de Castilla (versión de 1917).

Otra vez estamos en otoño.

Google me dice que este es el primer día de otoño. Donde vivimos apenas tenemos estaciones, aparte de las de servicio. Me da miedo el otoño. Es esta una de esas etapas que te sacuden la vida, te la mudan de hojas y te dejan pelado, emocionalmente desnudo ante los fríos de los inviernos más desoladores, más solitarios, los del corazón.

 A pesar de todo, siempre me gustó el otoño pese a sus zancadillas, pese a que en sus días se concentran mis despedidas más dolorosas. Pero también, con esos contrapuntos brutales que te otorga la vida para que la sigas admirando, mis mejores recuerdos, cuando la vida me ha hecho un antes y un después, también se han creado en esta estación de cambios, que cuando ha tocado cambiar ha sido a lo bestia.Tanto para mal como para bien.

Esperemos que en este otoño no haya que añadir recuerdos amargos al álbum de recuerdos. Cruzo los dedos (hasta los de los pies) para que sea un otoño tranquilo. Tengo confianza aunque esté algo desgastada a fuerza de desengaños, que este año en esta etapa de transición que es el otoño, para adecuar la naturaleza al frío sea suficiente con ir pasando de una en una y tranquilamente, las hojas del calendario y en cada aniversario no sea solo dolor y vacío el que recordemos.  28 años, desde la muerte de mi madre que se cumplen esta semana, cuatro desde la de mi hermano, ocho desde el cáncer felizmente superado de Eduardo…Que nos permita la vida y sus sorpresas que sus pruebas sean oportunidades y no tribulaciones. 
Para esperar lo mejor, voy a poner énfasis en los bonitos recuerdos que también han mudado todas las hojas a mi vida y la han renovado para bien:
 En noviembre me casé con el compañero de mi vida en un día maravilloso lleno de hojas amarillas del otoño granadino, en un otoño  a 7500 kilómetros de distancia me convertí en la madre de mis hijos, en otoño presentamos “Mariposas en el corazón”, otra vez con Granada como escenario…


Saludo este otoño con un brindis, porque este sea, para todos, un otoño  de esos que nos llenen la vida de colores, las fotos de sonrisas y permitan que sigamos con el corazón calentito arrimados a todos nuestros seres queridos, sanos y felices.

Tu hijo y el mío cumplirá años mañana.

Esta noche antes de que tu hijo y el mío cumpla 9 años, -siete de ellos conmigo-, y desde la oscuridad de un recuerdo que ni él ni yo tenemos de ti, quiero reservarte un hueco en mi pensamiento. Cómo no hacerlo en este aniversario de su alumbramiento, en este día en que celebraremos  que vino al mundo, porque lo trajiste tú. Pariste un ser que sin conocerte te quiere, que sin saber apenas de ti se preocupa porque no le olvides, por tus pensamientos y por tus sentimientos y que sin entenderlo, perdona el que no pudieras cuidarlo.
 Diste a luz a un ser lleno de luz, un ser especial como pocos que vive y hace vivir intensamente a quien comparte su vida, su espacio o su momento, que te hace mirar un mundo que ilumina con sus ojos y convierte en un sitio mejor y mágico, pero, ¿cómo unos ojos tan pequeñitos y oscuros pueden proyectar tanta luz? Te lo estoy contando y el corazón henchido de orgullo se me escapa por las manos que teclean. No puedo dejar de pensar que esos ojos provienen de ti, que nuestro hijo es como un muñeco de madera al que tú le diste la  vida que proviene de tu tronco, de un trozo de madera preciosa y noble, que le hace ser el muñeco más bonito y divertido del mundo y yo soy el carpintero que podrá darle forma, luchar porque no se convierta en marioneta de nadie, en un títere de la vida.
Soy muy consciente de que mis hijos son extraordinarios porque la materia prima de la que están hechos es extraordinaria. Si, con vetas y nudos que tal vez no les transmitieras tú, pero si tus circunstancias. Porque mis/tus hijos son producto de ti y de tus circunstancias, y ahora de las mías también, como lo es mi familia de la que formas parte, por eso esta noche antes de que tu hijo, el mío cumpla 9 años quiero enviarte un fuerte sentimiento de orgullo y de afinidad contigo, porque hoy celebraremos su nacimiento, celebraremos la vida que tu le diste. 
Es una situación de lo más extraña. Me duele profundamente el que no puedas disfrutarlo, pero al mismo tiempo entiendo que si tú estuvieras en mi puesto no hubiera habido un lugar para mí, yo no habría tenido hueco en sus vidas, ni tendría sentido como tú lo tienes para mí hoy. Y me siento un monstruo egoísta porque han tenido que sufrir el no tenerte para que yo haya podido disfrutarlos, amarlos y sentirlos tan míos, que daría todo por ellos, que lo estoy dando ya.

Ya no podría vivir sin ellos y no sé si tu puedes hacerlo, algo me dice que hoy en tus entrañas sentirás un hueco más profundo que esta noche en la que no puedo por menos que traerte a mi memoria vivamente como sé que lo estás en la de mis hijos que, por ser como son, por ser como tú, te honran.

Mercedes Moya.

Explicar la muerte a los niños

Mi hermano pequeño falleció en Noviembre del año 2012.

Nuestros hijos sabían que su tío Carlos estaba malito, no porque fuera evidente, que la mayoría del tiempo no lo era, salvo hacía poco tiempo, ni porque mi hermano se quejara jamás. 
Estaba hecho un campeón.

Unos días antes de marcharse fuimos a verle, al final si que le agotaban las visitas... pero no quiso perderse el truco o trato de Nacho y Diana y cuando la tarde posterior a Halloween le mandé las fotos de nosotros en casa disfrazados, enseguida me mandó un wasap para que fuéramos a verle y darles a los niños los caramelos que les tenían preparados...


Fuimos y pasamos un rato genial, Nacho inclusive le ayudó a pelar un caramelo "mira tito es muy fácil  ves?" y se lo puso en la boca con un cariño y una delicadeza que suele guardar para momentos que convierte en tiernos, entrañables e inolvidables.

El día que mi hermano se marchó mis hijos presenciaron sin remedio el trajín de médicos y ambulancias y luego mi hijo me explicaría: 
-Mamá, mamá!  “dos policías” se han llevado a tito Carlos, porque se ha caído y se ha hecho daño... hacían iiiuuu...iiiuuuu...
Le explicamos que no eran policías,sino médicos y que los coches eran ambulancias...
Al día siguiente de su muerte nos reunimos  a comer en nuestra casa y después del postre hablamos con Nacho y Diana.
En nuestro salón tenemos un cuadro de mi madre en el que está guapísima y mis hijos saben que ya no está y porqué, saben del cáncer y saben que también hay personas que luchan y le ganan, -como su padre- y  Nacho sabe que no está porque de luchar contra esa enfermedad  tan grave se le acabaron "acabando las pilas"...
-Sabéis quien es la mujer de ese cuadro?
-Sí, la abuela Petra, tu mamá, la de tito Pedro y la de tito Carlos..., dijeron al unísono.
-Eso es... y sabéis donde está?
- En el cielo!
Nacho dijo...”se le acabaron las pilas..."
-Eso es...
-Bien, pues tito Carlos se ha ido con ella, porque a él también se le han acabado las pilas.
Diana lo entendió enseguida y vino a abrazarse y me preguntó si no lo íbamos a ver mas... y mientras estaba sentada en mi regazo (qué grandota es) y dejaba fluir sus emociones, Nacho dijo una frase que lleva oyéndome mucho tiempo:
-“Aquí no se muere nadie!” (yo además solía añadir “está prohibido morirse!” ….cosas que una dice, coletillas…tontadas…)”No es verdad, tito Carlos se lo ha llevado la policía porque se ha caído y se ha hecho daño!”
-Se lo llevó la ambulancia porque estaba muy malito.
-Y después se le paró el corazón?
-Sí...
-Se le acabaron las pilas?
-Y está durmiendo?
-No, cariño se ha muerto…
-Y ya no respira más?
-No, ya no…

Diana llorando preguntó si “ya no estaba más “ y si “lo íbamos a ver más” y le explicamos que lo verían siempre que lo recordaran, que era muy fácil pensar en él y verlo.
-Y está con tu madre?
-Sí, que también es su mamá…
Y Nacho dijo:
-Quiero jugar a un video juego!
Lo dijo con tal desparpajo, que nos hizo relajarnos a todos. No fue un “no quiero saberlo” sino más bien como diciendo, “vale,…entonces está bien.”
Luego cada día vendrían las preguntas de y ya no está más? Y no lo vamos a poder llamar?
Y Diana preguntando cómo era morirse, si se dejaba de respirar, si era como dormirse y si tito Carlos podría soñar….
Y cuando llamamos a tita Ana por la noche, para saber cómo seguía, Nacho le preguntó que si estaba triste porque tito Carlos se le había apagado el corazón..
Y esta mañana sin más me ha vuelto a preguntar si ya no lo vamos a ver…
Con Dianan hablo mucho y me pregunta todo lo que se le pasa por la cabeza y yo trato de contestarle y me ha visto llorar, ella sí ha visto a mi hermano malito, en los últimos días, y sabía de mi preocupación y sabía porque a veces no volvía a dormir a casa o me iba después de darles de cenar acostarlos y regresaba tarde, muy tarde.
No sé si se lo hemos explicado bien o no,nada había preparado, en estos casos a veces puede que los manuales sirvan de ayuda, pueden ser una referencia o a veces tienes que dejar que tu intuición sea la que dicte como hacerlo, porque la verdad es que la vida cuando no se presenta fácil, resulta tan difícil de explicar cómo la muerte. 





 

Monica, de la fundación Izas la princesa guisante madre de Izas e Ixeya me ha hecho llegar esto, ella sabe lo que es, lo que supone, tener que tratar de explicar lo inexplicable.
Yo traté con mis palabras de consolarla a ella, de acercarme un poco a su dolor,desde el que yo ya conocía, pero ahora releyendo lo que le escribí en aquel post "la sombra del dragón era negra y alargada" me doy cuenta de lo lejos que me encontraba...

Cómo ayudar a los niños  en la muerte y el duelo por un ser querido


Fuente: New York University Child Study Center
Fecha de publicación: 15/11/2012
La muerte de un abuelo, un padre, un hermano o un amigo es un trance por el que se puede pasar durante la niñez. No se debe ocultar la realidad a los niños ni protegerlos de la muerte, pero sí ayudarlos en el proceso de duelo. Te explicamos cómo.
La muerte, para un niño, significa algo más que la pérdida de la presencia física de la persona. También puede sufrir algunas pérdidas secundarias:
  • Pérdida (y cambio) de su identidad o la personalidad. Puede cambiar, además, su rol en la familia.
  • Pérdida (y cambio) de la seguridad en sí mismo, tanto a nivel emocional como físico.
  • Pérdida (y cambio) del significado de algunas cuestiones. El niño puede reestructurar y reevaluar las metas y los sueños de su vida.
Los niños suelen expresar su dolor ante la muerte a través del comportamiento, de las emociones, de las reacciones físicas y de los pensamientos. Su respuesta depende de varios factores: el tipo de muerte, la reacción de sus padres o personas cercanas, su personalidad o incluso la estructura y la relación entre los miembros de su familia. Los problemas de aprendizaje o patologías de salud mental pueden resultar ser un factor que complique la reacción del niño o del adolescente en estos momentos de dolor.

En todo caso, se puede ayudar a los niños a sobrellevar el duelo de diferentes maneras. Ten siempre presente la edad del niño, la situación y el contexto de la muerte:
  1. Dile la verdad al niño. Ocultarles información confunde a los niños y acaban por desconfiar de lo que se les cuenta.
  2. Sé simple y directo. No uses eufemismos del tipo “se ha quedado dormido” o “lo hemos perdido” cuando te refieras a la persona que ha fallecido.
  3. Tranquilízale si sugiere de alguna manera que tiene la culpa de la muerte. Este es un sentimiento recurrente en los niños.
  4. No ocultes tus emociones y explícale qué sientes tú. Esto le ayudará a comprenderse a sí mismo. Guárdate los sentimientos más intensos y dramáticos para los momentos privados en presencia de otros adultos.
  5. En la medida de lo posible, déjale participar en las rutinas del hospital, si se trata de una persona enferma, o asistir al funeral. Le ayudará a comprender mejor la muerte.
  6. Anímale a que hable y haga preguntas acerca de la muerte. Pídele que te explique cuáles son sus sentimientos y pensamientos.
  7. Consuélale siempre que manifieste alguna emoción fuerte.
  8. Déjale que se exprese. Por ejemplo, sugiérele que escriba y plasme lo que siente en un diario personal o que lo haga usando cualquier otra expresión artística.
  9. Acepta y normaliza las expresiones de emoción del niño.
  10. Habla con él o ella siempre que le haga falta.
  11. Ofrécele apoyo extra en sus tareas escolares y sus obligaciones sociales durante el periodo de duelo.
  12. Intenta comprender cuál es su manera de hacer frente a la muerte.
  13. Habla y busca el apoyo de otros adultos (profesores, entrenadores, monitores…) que estén en contacto con el niño.
  14. Controla la respuesta del niño en el tiempo. Tras el primer año después de la pérdida, un 10% o un 15% de los niños puede sufrir problemas, principalmente en forma de depresión. En caso de necesidad, hay que consultar a un especialista en salud mental.
  15. Explícale que conservar los buenos recuerdos que ha vivido con su ser querido, y mantenerlos, le ayudará en el futuro.
Los niños, al igual que los adultos, experimentan la pena y el dolor a su manera. Los sentimientos cambian con el tiempo pero, en ocasiones, el proceso de duelo continúa durante toda la vida. Sin embargo, a medida que pasan las semanas y los meses, el enfoque emocional intenso y los sentimientos pierden importancia ya que se restablece el equilibrio en la vida y, sobre todo, los niños y adultos refuerzan los recuerdos positivos.

Fuente FAROS Sant Joan de Deu:
http://faroshsjd.net/item.php?id=2482&hash=31e77694905f37de4d9d5cb39a5cbf8b&idioma=1#.UKTMNeu_gGo.facebook


(Gracias Monica por el enlace)